-jugábamos-

Jugábamos; vos, la luna y yo.

Jugábamos a escondernos como sombras, en el callejón sin luces del anochecer más profundo, donde nuestros cuerpos se confundían con la noche, donde mi piel se fundía con la tuya. Donde mi amor y el tuyo, que era nuestro; chocaba, entraba e irrumpía en nuestra vida.

Jugábamos a enredarnos entre sábanas, a ver pasar los días por la ventana. A escuchar cantar el arrebol de la tarde, a rogarle a la luna que se quedara, a creer de nuevo en fantasías.

Jugábamos mientras yo aprendía de tatuajes, contemplando tu espalda cuando leías, mientras aprendías tú de mí, enumerando cicatrices escondidas. Y el sol nos sorprendió por la ventana llegando el nuevo día.

Jugábamos, a pretender que existía el tiempo, a parar el mundo con vos, a proteger ese amor que fue nuestro –que era nuestro-, a escondidas.

Jugaste vos creyendo que el juego era eterno, mientras la luna entonces, se tornaba menos luna y más vacía.

Y como juegan los niños, seguí jugando y como aclaman los niños dijiste –mía- y fui tuya, de momentos, fui tan tuya como fui mía.

Y de momento también seguí jugando, aunque esta noche entre sábanas, jugués con otra a llamarle mía.

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-en qué galaxia me olvidaré yo de vos-

Era un día de esos que tanto me gustan, donde el sol se oculta mientras los amantes se esconden para hacer el amor, donde las nubes parecen taparle, como las cortinas a nosotros, y en aquella habitación parecía no haber reloj, parecía detenerse el tiempo, simplemente porque estaba con vos.

La noche era fría y tus brazos el lugar más cálido del mundo, febrero no es invierno y qué tanto importa octubre si estoy con vos.

Encendía el último cigarro de aquel junio perfecto, de esas cajas que ya no se encuentran, que tanto nos costó conseguir, con mi mano libre recogía mi ropa mientras divagaba en mis pensamientos y de un instante a otro, escucho el murmuro de tu voz armónica interrumpirles.

– ¿vas a recordarme?
Preguntaste con una voz tajante, como si tu vida dependiera de ello, como sumiéndote de lleno en un no, que no era posible, no conmigo. No tratándose de vos.

El silencio, inundó nuestra habitación y vos sentiste que de no haber respuesta algo se rompería, pero te quedaste ahí; petrificado esperando más silencio, porque un no habría dolido demasiado, porque de todos, vos bien sabés que silencio también es respuesta. En ese momento solo había humo entre nosotros y buscando las palabras adecuadas decidí romper el silencio y responder.

Un poco ronca del humo y algo temblorosa del miedo, aclaré mi garganta y respondí. Contundente como vos, como nuestro silencio. Difusa como el humo que bloqueaba nuestra vista, pero dejaba al desnudo nuestras almas. Al descubierto, como siempre, una noche más.

– vos siempre serás importante para mí. tus recuerdos se calan en mi piel cual tatuaje; como la poesía tuya que ha decidido calarse en mi alma, en mi vida. Tu manera de moverte entre la gente y esas veces que bailás cuando crees que nadie te ve, de cualquiera me esperaba esta pregunta pero ¿de vos? Vos que siempre serás vos, que sos también una parte muy importante de mí. ¿en qué galaxia alguien se olvidaría de ti?

– Claro que voy a recordarte

Dije entonces, porque no sabía si había sido lo suficientemente clara, porque no quería que quedara la más mínima duda en mis palabras, porque no podía permitir que la incertidumbre se adentrara en tus pensamientos, no cuando se trataba de nosotros dos.

– ¿ni en otros labios, otra cama, otra piel, otros brazos, a otras horas?
– No de vos.

Sonreíste, y justo en ese instante, en aquella habitación; que era nuestra. Surgía una razón más, para no olvidarme.

La lluvia caía y con ella caía yo. La luna y el humo, hacían de aquella habitación una dimensión extraña y mi mente se iba lejos, tratando de huir de la palabra amor, tratando de huir de vos. Sonaba de fondo una que otra canción que ahora odiás y mi mente como siempre se iba de una vez, hasta que tus besos me traían de vuelta, hasta que murmurabas las palabras mágicas: hagamos el amor otra vez.

Nunca supe si significa quédate o no te vayas, mi alma desnuda te miraba con confusión mientas ahí estaba yo. Con la mirada perdida pensando cualquier cosa, mientras no fuera amor.

– No todas mis palabras tienen trasfondo

Dijiste atravesando mis pensamientos, supongo descifrando mi mirada. Te miré entonces, hablándote en silencio y me quedé. Me quedé recordándote hasta hoy. Donde cada cigarro habla de vos. Hoy que ya no preguntás si te recuerdo porque sabés que la respuesta es sí. Porque mi mundo es sí, siempre que estás vos.

-hadas no tan pequeñas y ángeles sin alas-

-A quienes van por el mundo salvando vidas- y –A quienes esperan por ese alguien que les ayude a salvarse-

Hay gente buena en el mundo, aunque la palabra buena no sea suficiente, lo importante es que la hay. Gente que tornará tu paso por él inolvidable, personas que harán que todo valga la pena (incluso las penas) tan solo en un instante, solo si tienes la dicha de conocerles. Y justo en ese preciso instante, lo entiendes todo.

Entiendes que el mundo tiene sentido, que no hay una sola razón para no querer vivir, y que todo tiene su razón de -ser- y no volverás a ese alguien tu mundo -porque no son del tipo que crean dependencia- simplemente son seres mágicos o de otros planetas que te hacen sentir como aquella amada del ser no terrestre que pasó su jornada en la tierra solo escribiéndole a un amor de otras vidas y galaxias, que sin destiempo un día encontró aquí. Sí, aquí, en este mismo suelo que hoy camino. Personas que te harán desear tener aunque sea la posibilidad de ser aspirantes a un recuerdo, a un pedacito de la vida, del vivir.

Y creo que la emoción de los regalos, esas mañanas de un veinticinco no son ni un cuarto de lo que hoy siento. La felicidad de toparme con lo que mi ser encuentra increíble, de no poder creer que hoy yo -a quien muy bien no conozco- tiene la dicha de encontrarse seres que en una fracción de segundo marquen huellas indelebles en mi memoria que todo lo guarda, todo lo atesora, todo lo recuerda.

Y entre tanta luz -que se irradia y se comparte- me pierdo, me pierdo entre las letras sin encontrar las palabras para poder expresarme y me sigo maravillando, una y otra vez, dejando de luchar contra la utopía de describir lo inefable, que se han vuelto los domingos, todas mis tormentas.

Día a día voy recuperando la fe en la magia que perdí mientras crecía. Esa magia que me hizo creer en las hadas que nunca vi -como en los cuentos- la misma que me hizo pensar que el peor de mis días era increíble si tan solo lograba una sonrisa. La misma magia que hoy me demuestra que quizá las hadas no vuelan, pero sí que te hacen volar con sus traviesas palabras, y que aunque los ángeles oculten sus alas para no ser descubiertos, aquella luz que irradian los delata.

Llego a casa y sigo intentando, sí, intento. Aunque sé que no encontraré las palabras, aunque nada les haga justicia. Lo intento. Porque de alguna forma tengo que agradecer -y recordar- estas nuevas tormentas y tan agradable lluvia. Porque el bolígrafo ahora anda solo y quien le da cuerda ahora se hace llamar vida. Porque tengo la certeza de que la magia existe y la he visto en una sonrisa con nombre de mujer, que al mismo tiempo me ha hecho creer en el amor.

Y sigo entendiendo aunque no entienda aprehendiendo, porque lo tomo como propio, el significado del amor, sonriendo a quienes más que lluvia son tormentas, amando solo porque existen. Aprendiendo que tanto podría ser una noche, porque no es cuestión de tiempo y para todo la vida, quizá dos días.

Sé que en otras vidas voy a encontrarles -lo anhelo- y los reconoceré. Los reconoceré como esas almas libres que tocaron mi puerta para liberar la mía, para hacerme sentir viva. Aquellas que dejaron que mi espíritu danzara en la lluvia y saliera corriendo, para demostrarme que la dicha existe y que la certeza de estar en el lugar correcto, puede encontrarse en un pequeño –muy pequeño- momento y durar toda la vida. Que no somos algo planeado, pero que nuestro encuentro ha de escribirse en ese papel en blanco donde se dibuja nuestro destino, con la necesidad del lenguaje -saben que hablo de palabras- esas que nunca van a faltarme, pero que siempre han de quedarme cortas. Por eso el mismo papel se quedó en blanco, pero lleno de magia. En blanco porque aunque intentara no habría palabra existente para recontar lo maravilloso del momento. Momento en el cual dejo de ser yo para de nuevo serlo –y por vez primera reconocerme ante un espejo- en esta, mi forma humana. Aunque mi letra ya no la entienda, porque estos versos con el fin de compartirse, se escriben solos. Ellas que danzan en estas manos, solo para darme el placer de recordarle.

Me despido, casi sin coherencia. Agradeciendo al mundo, por traerme en sí. Y a la luna por ser testigo y responsable, de que estos seres luz de luna, se cruzaran en mi camino.

Nuevamente sin decir adiós, me despido, como siempre con cartas y por cierto no sé si has de saberlo pero si algún día, miras de lleno, sin ego. Descubrirás que tú más grande héroe se encuentra en el espejo. Y entenderás la frase -ojalá puedas verte, como yo te veo-

À la vie tôt.

-la utopía de intentar describir lo inefable-

Alguien me preguntó qué es el amor, sonreí de manera inmediata pensando en tu recuerdo y a la vez tuve que contenerme para no dar como definición tu nombre, sin embargo, pensé en ti. Dije que el amor era inefable –como tú- que era tratar de buscar en el diccionario un montón de palabras que fueran útiles al describirle y fallar en el intento, que el amor es la utopía de poder describir al ser amado, porque en esa perfección del ser es –casi- imposible encontrar palabra alguna que le haga justicia –tampoco conjunto de ellas-. Y es que para mí el amor es eso, es mi intento diario por escribir el prodigio de tus ojos y el ocultismo que encierran tus labios al besarme y al no poder hacerlo, seguir intentando, una y otra vez.

La gente habla, critica y cuestiona el porqué de los hechos: por qué ahora; por qué no antes, por qué no siempre. Mientras sé que es ahora el momento, ahora cuando no quiero cambiarte, cuando puedo decir que te amo tal cual sin idealización, cuando sé que he crecido a tu lado. Es ahora cuando me preguntan el porqué de mi amor y las respuestas son todas y a la vez ninguna. Ahora que no hay forma de explicarlo, que simplemente lo sé.

Ahora que puedo afirmar que te amo con locura, sin razón, sin explicaciones ni inseguridades, ahora que le diste sentido a mi palabra favorita: serendipia; ahora que te amo porque eres, porque existes.

He aquí mi mejor intento de describir el amor sin escribir tu nombre, aunque el siguiente párrafo –como todos- hable solo de ti.

Porque para mí el amor es algo parecido al arrebol. Es crecer a tu lado y combinados formar algo fantástico. Es ser nuestras mejores versiones, es poder elegir todos los días algo diferente y continuar eligiéndote a ti. Es saber que la puerta está abierta y que sin ti no se cae el mundo, que sin ti yo puedo y sin embargo elijo no hacerlo, es elegir quedarme aun cuando las cosas se tornan difíciles –porque el amor no es para cobardes-.

Es mirar tus ojos y saber que no somos la última opción, sino siempre elección, que entre tanta gente te escojo siempre a ti. Que te prefiero una y otra vez por el simple hecho de que eres solo tú, amar es saber que disfrutas tu soledad y de vez en vez cuando eliges compartir la magia de tu ser con el mundo decides hacerlo conmigo. Y finalmente amor es no dejar que la seguridad de lo efímero nos impida disfrutar de lo etéreo.

Y la fiel convicción de saber que en esta definición el amor eres tú, pero también soy yo, porque si algo he aprendido a tu lado –del amor- es que amar es amarte siempre sin dejarme de amar ni una sola vez.

-jueves de muelle y sin miedo de perderte-

Querido Alguien

Ya hace mucho que no escribo cartas, pero no significa que hayan dejado de encantarme. Te escribo ésta porque sé que estando juntos las palabras no me alcanzan. Pero cómo hago, si cada vez que veo tus ojos el efecto es el mismo y las mismas se borran de mi mente, en el momento, las palabras sobran ante tu mirada y aquellas caricias que cada día vas sembrando en mí cuales huellas placenteras me cortejan todo el trayecto para hablarme de ti.

Sin embargo, este es mi idioma. Mi más grande regalo, mi mejor recuerdo y el esfuerzo de hallar las palabras pertinentes para describir nuestros momentos es solo con la intención de hacerlos indelebles.

El tiempo pasa rápido y supongo que cuando se ama las heridas también se van borrando, a eso dijiste, se le llama perdón. Debo confesar que creí que para nosotros era imposible y luego recordé que ese jueves en nuestro pretérito imperfecto no sería nuestro, pero lo fue.

Era jueves –no un viernes cualquiera donde solía esperarte- y aquel muelle que hace no tanto nos causó tanto miedo, parecía ser el paraíso y también el único lugar al que pertenecíamos. Lo suficientemente nuestro para no tener que ocultarnos, pero lo más importante, lo suficientemente nuestro para poder ser nosotros mismos.

Miré tus ojos y más que querer tener la combinación exacta de los colores que en ellos se encuentran, deseaba poder ponerlos en palabras, preguntaste por qué y recuerdo dije –es que la belleza se comparte- y tanta belleza sin duda hay que compartirla. Reíste y entendí la importancia de recordarnos las cosas lindas, importancia que hace tanto parecíamos haber olvidado, y no hablo solamente de aquellas notitas en el espejo, sino también de esas cartas ocultas, que leemos cuando el mundo parece  derrumbarse por completo.

Tomaste mi mano mientras jugábamos a que el tiempo era nuestro –o simplemente no existía- te sentaste justo en el borde de nuestro muelle, mientras tus pies danzaban en el agua, me apostaste a que podrías saltar conmigo y no pasaría nada –a tu lado el miedo no existe- sonreí y no entendiste, por eso quiero explicártelo ahora.

Mientras que tu miedo era el agua, mi miedo era perderte, ya lo había explicado antes, en aquel poema donde sentí te había perdido. La sonrisa se debe a que ahora entiendo que dejarte ir ya no forma parte de mis miedos y que perderte no es la connotación correcta si es por elección propia, asimismo lo que es para ti –siempre vuelve-

Mientras el sol se ponía me invitaste un tequila, y creo que no hay licor que traiga recuerdos tan ambiguos como este, las risas fueron imparables y era tan solo una propuesta y justo en ese preciso instante me di cuenta que el tiempo pasa y todo cambia, porque la última vez que estuve en aquel muelle, alguien dijo que había perdido mi sonrisa y puedo jurar que desvariaba, pero este jueves, estabas tú y estaba yo, mi mejor sonrisa, tu mirada más sincera y la libertad que jamás habíamos respirado de querernos en una piel sin apariencias.

Sé que de verme, mientras te miro quizá me causaría pena –por no decir que estoy segura- porque la sonrisa de enamorada y los ojos brillantes, hace rato, no son lo mío. Sin embargo después de besarte entiendo porque la gente dice –happiness taste like you do- Y es que besarte es poesía, amarte es vivir –te- mientras que tu mirada son galaxias enteras y yo me he perdido en cada una de ellas, para encontrarme, una y otra vez.

Y aquella frase que me hizo perderme en ti cada vez cobra más sentido y nuevamente no hay palabras existentes para describir la calidez de tus abrazos, la liberación que es tu amor,  ni la estela a felicidad que este deja.

Ahora es viernes y no espero más, mi sonrisa sigue intacta, no hay miedo al agua ni a perderte. No somos salvavidas ni nuestras vidas dependen de los pensamientos –o las acciones del otro- soy tan princesa que no necesito un castillo aéreo y las flores crecen solas en aquel jardín que decidimos plantar muy adentro nuestro. No hay culpa –no eres tú, ni soy yo-  o peor –alguien más- no hay listas interminables de nombres que nunca aprenderé, por el simple hecho de que no son el mío.

Solo hay libertades y felicidad, una puerta abierta para amarnos en el tiempo adecuado, sin destiempo. Sin culpas ni egos que alimentar, ni soledades que saciar tras la compañía de besos con ojos abiertos y a medio acabar. El mundo es nuestro, con la ropa puesta, y las estrellas siguen en el mismo lugar. Y esto es solo el intento de poner en palabras –toda la felicidad que somos- si algún día nos da por recordar.

-escríbeme un poema-

Es domingo y la importancia es tanta que te has convertido en mi segundo post del día. Tengo este nudo en la garganta que hace mucho no sentía y me embargan unas ganas de llorar que hacen que mis decisiones sean dudosas.

Dos personas cuyas líneas se cruzaron –en este gran mundo de rectas- y cada día se vuelven más distintas o más distantes y ese pequeño punto donde –aun- convergen posee un reloj de arena que situación a situación acortan el tiempo que resta para que nuestras líneas dejen de tocarse. Y me voy perdiendo y a la vez te voy perdiendo a ti también.

Borré una foto tuya, como si así te borrara de mi vida… como si así dejaras de doler. Ni así, ni al rato –no me pasa todavía- pero pasa que después de tanto no puedo permitirme ni las ganas de llorar ni las de luchar yo sola y tú más que nadie deberías saberlo.

Que aunque te cueste –o no lo entiendas- así vengo –así soy- esta soy yo, este mi idioma, algo inherente a mí. Que soy mis dramas, mi poesía, mi maquillaje, mis canciones a medio cantar, la cerveza de los domingos, el carro a más de ochenta, el paso a menos de tres, la caja de cigarros a casi acabar. Que no puedo permitirle a alguien tomar lo mejor de mí sin aceptar lo demás, que las fiestas, la sonrisa y los consejos, también vienen acompañados de lágrimas y el deseo de que me escuches sin juzgar.

Pasa que no se si esto se acaba pero sé que ya no lucho más. Que vuelvo a blindarme el corazón, que los amigos son solo pocos y el problema nena no sos solo vos. Que no quiero más disculpas que traerán promesas incumplidas, que no me llena solo lo banal, que no puedo ser solamente la conversación de sexo por la tarde, el cigarro y el café, porque para mí ambos vienen con sabor a filosofía.

Que el lugar en mi corazón lo tendrás siempre y que te elegí muchas veces pero pareciera que hoy –o ayer- no nos elegimos más. Pero mejor no pienso en tu manera horrible de cantar y tus chistes malos porque quizá me arrepienta y no me dé la gana de no escucharlos más. Que quisiera decirte –pero no sé cómo- que no entiendo tu indiferencia cuando te hablo de dolor. Que cuando me pediste que te escribiera un poema estoy segura no querías que fuera este.

Que elegirnos es ambigüedad y oxímoron. Es elegir felicidad e indiferencia. Es elegir momentos agradables y también una ola de tristeza. Pero también es una bolsita sorpresa cuando elegimos luchar por todo lo que tenemos para dar.

Sin embargo debo confesar que aunque no sé si te elija de nuevo o vuelva, yo no quiero un Au Revoir sino un À bientôt con la peculiaridad que solo este tiene.  La seguridad de que -aun no sabiendo cuándo- tener la certeza de volver a verle o en nuestro caso volver a querer.

-las estrellas y el olvido-

Creo que el olvido es una de mis más grandes incongruencias. Puedo mirar las estrellas y encontrar en cada una de ellas el olvido del que hablaba el principito al no recordar sus números y mucho menos sus nombres. También puedo apoyar mi carta favorita al decir que (dur)ante el amor el olvido es lo más grave “porque entre otras cosas no existe” y es que claro, es fatal… pero cuando acaba (como todo) es necesario y entonces estás ahí, cada noche, mirando las estrellas con un nombre entre tus labios. Rogándole al universo que te conceda el olvido. Y justo en ese momento, el olvido no parece ser tan fatal ni inexistente.

Sé que no hay cigarros que cuenten más historias que aquellas cuatro paredes pintadas de blanco que solían ser nuestras confidentes. Sin embargo la caja sigue ahí y seguimos mintiendo aunque sabemos que mi color preferido es el lila. Y mientras el amor se vuelve lujuria –y viceversa- la misma se enferma de odio y en cada respiro entrecortado mientras jadeas puedo escuchar tu plegaria muda donde la única petición es que pare el dolor. Siento en cada parte viva de mi cuerpo tu voz llamándome, mientras sé que mi nombre se desvanece en tu mente y otros labios, mientras tanto mis huellas en tu corazón están ardiendo, como duele cuando arde si el fuego no es precisamente amor.

Ya casi no recuerdo y supongo que agradezco, pues he olvidado conversaciones enteras, discursos completos. Las voces que me atormentaban se han ido y de a poco la culpa es menor. Tus ojos se han vuelto un par más cualquiera, mientras los míos cada día son el paraíso oculto de alguien más. Yo.

Jamás pensé que llegaría tan lejos soltando, aunque ciertamente era ilógico pensar que con tanto equipaje se pudiera llegar lejos –o algún lado- andando sola. Debo confesar que no sé muy bien a donde voy, pero eso no significa que no disfrute el camino y ante cada obstáculo hoy sonrío…

Creo que me han vuelto a gustar las rosas aunque ya nunca serán de él. Y siento que siempre amaré las estrellas aunque mirarlas signifique pensarnos y pensarnos signifique olvidarte. Y es que aquella constelación, cuyo nombre por supuesto no recuerdo, siempre traerá soplos de olvido con olor a nosotros –y vaya usted a saber cómo huele eso-. Cuando descubres que algo es inevitable ante la resignación debes decidir si perder el orgullo o el miedo. Aunque creo que perder ambas nos vendría bien.

¿Recuerdas cuando te decía que ojalá pudieras verte como te veía? Cabe acotar que para el momento te amaba.

Bueno he logrado hacerlo, he logrado verme como quien nos ama: con más virtudes que imperfecciones. Tenías razón, las sonrisas sinceras son capaces de iluminar una ciudad entera y aquellos ojos –casi negros- e indescifrables se han sumergido en un mar muy profundo, con el solo propósito de encontrarse. A veces creo que han parado de buscarse porque cada día logro descifrarlos un tanto más.

Y supongo que fue lindo elegir el ruido de tu mundo cuando no quise escuchar mi silencio, pero no hay droga más atrayente que la elección de la felicidad, mientras aquellas estrellas que un día compartimos nos susurran con un soplo de aquel don llamado olvido, durante el largo camino necesario de la soledad, cuando decidimos apagar las luces del mundo y escuchar –incluso nuestros silencios- para aprendernos a amar.

“(…) I believe in being strong when everything seems to be going wrong. I believe that happy girls are the prettiest girls. I believe that tomorrow is another day and I believe in miracles.”
― Audrey Hepburn

-sábanas, risas y verano-

Aún recuerdo tu sabor a playa, las largas noches sin dormir, el único verano que supo a historia de amor. Las incontables pecas sobre tu espalda, los amaneceres que nunca nos cansamos de ver entre sábanas y sonrisas, y aquella risa que lleva años encendida en mi recuerdo.

Una semana, tres días, un año… qué importa el tiempo si contigo estoy.

Debo confesar que jamás pensé que habría tiempo para querernos de esta forma: sin reglas, sin límites, pero sobre todo sin lágrimas de por medio, sin besos con sabor a culpa.

Domingo de playa, ojos brillantes, sonrisa pícara, toneladas de alcohol y música que distraía. Si te soy sincera nunca pensé que serías importante. Amaneceres que lo fueron todo y el calor de tu cuerpo calentando el mío, como pidiendo permiso para entregar caricias. Soledades en conjunto, miedos que parecían perecederos. Una sonrisa eterna como diciendo quizá; de fondo “Pero Esta Tarde No Te Vas” y más que la certeza de saber que eres fugaz.

Vas y vienes, estás y  ya no estoy, me has visto en otros brazos, te he visto en otros ojos. Le hemos dado la espalda al destino. Tú, con ella, yo, con él. Tequila, cuarto trago, perdí la cuenta y estuviste aquí, en mi mente por ejemplo, en sus manos sobre mi cuerpo, en sus labios color rosa. En él tan parecido a ti.

Más de una vez llegué a preguntarme si había algo en ella que te hiciera recordarme. Quizá sería al revés, quizá en mí la buscaste a ella, quizá siempre ha sido así. Pero hoy te veo sin tanta playa y con menos pecas. Ya sin pedir permiso, aquí sin culpa, tú sin ella, yo sin él. Con los mismos amaneceres que nunca nos cansamos de ver, con diferentes sábanas pero las mismas risas. Y sé que es aquí, justo donde quiero estar. A tu lado donde no pasa el tiempo, donde las puestas de sol no hacen falta, donde el segundero casi no sirve y tus latidos son mi mejor reloj.

Y la distancia no significará nada y los amaneceres seguirán siendo. Y ya no quiero darle la espalda al destino y no busco más reloj que tus latidos, cuando después de haber perdido la cuenta entre tus pecas, tus besos son el mejor remedio, para acabar con el tormento del destiempo y el amor, cuando te buscaba en otros labios y solo conseguía escuchar un “no eres tú,  yo” y es que siempre fue él, simplemente porque nunca fuiste tú.