-desde lejos-

no sé cómo extrañarle desde lejos siento este vacío en el pecho cada vez que alguien dice su nombre y a la vez le siento cerca cada vez que algo me recuerda a él, a su voz, a su piel o el calor de sus manos.

calor que extraño sin duda, mientras escribo esto. mientras las mías se congelan en el intento de evocarle, de recordarle, de no olvidarlo.

no sé cómo extrañarle cuando le siento libre. cuando siento que aunque la vida pase, estaré siempre en el mismo lugar donde me dejé. en el sonido dulce de su voz cuando dice mi nombre, en aquel abrazo antes de partir, en los cigarros que compartiremos, en todo lo que nos falta por compartir. en las memorias que sin duda anhelo contarle. supongo, en el porvenir.

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-volver-

volví volví a ser yo y como duele volver. 

como duele encontrarse con aquello que dejamos hace tanto atrás, precisamente por eso, porque dolía. 

como me duele el miedo de todo aquello que fui, de las cartas del baúl que guardo de vos, de la canción que te dediqué y luego no quise escuchar más. 

volver 

volver a encontrarme con esa sonrisa y esas ganas de hablar con alguien más. 

volver a encontrarme con el miedo de aferrarme a algo que no seas vos. 

irónico es que el miedo haga que las sonrisas duelan

más irónico aún que temo más de mí que de vos. 

y vuelvo a sonreír también

vuelvo a pintar rostros aunque no sea el tuyo 

vuelvo a escuchar la melodía que no salía de mi mente cada vez que alguien me preguntaba qué era el amor

vuelvo a la incertidumbre placentera de no saber si estoy cayendo 

vuelvo a escribir con este nudo en la garganta 

este reír para no llorar 

este llorar pero solo riendo

vuelvo a mi 

y qué extraño es volver a donde no se estuvo durante mucho tiempo 

vuelvo al lugar donde una vez amé la vida 

alguna vez la amé, lo sé. 

vuelvo a escribir cuando le pienso

vuelvo a dibujar su nombre tácito entre versos que solo yo entiendo 

entre sonetos escritos por besos 

vuelvo 

a esos ojos, a ese lugar que ahora es él y no vos. 

vuelvo 

a mí. 

-mientras te pienso-

vas a extrañarme, afirmaste. Sonreí ocultando que ya te extrañaba desde el momento en el cual tus labios dejaron de rozar los míos, aquella noche cuando te fuiste sin despedirte, cuando algo murió sin darnos cuenta, sin decir adiós.

Ya te extrañaba, y desde entonces, sigo extrañándote.

Extrañando tus ojos, piedra preciosa. Tus manos temperatura atardecer. Tu sonrisa que me transporta directo a ti, a tus brazos, a esos días que podrían ser noches enteras sin acabar.

Y así, de repente, sin querer, pero a la vez queriendo, te fui queriendo y te fuiste quedando. grabado en cada latido. Anhelando desde entonces y por siempre, tan esperado encuentro.

esperándo-te estoy desde entonces, con tu sonrisa en mi mente y tu voz, siempre grave, que me alienta a seguir.

poesías, recitabas…

y en poesía yo pensaba, justo cuando tu mirada atravesó la mía
y eso,
eso sí no sé cómo escribirlo aquí.

tu me manques -beaucoup-

 

-crecer, sin querer huir- 

hace no tanto, si hablamos del tiempo que repara el corazón, quería huir. Huir porque no sabía ser quien soy, porque tenía miedo de ser juzgada, porque ni yo misma me encontraba. Huir porque verdaderamente no había algo que me doliera (porque quizá me dolía todo), algo que me atara, porque no tenía raíz y mis pies ardían del dolor, y en ese dolor, su alivio inmediato era huir. 

¿A dónde? 

Dígame usted a dónde se huye lo suficientemente lejos del recuerdo de uno mismo, del reproche de nuestra mente, de la culpa que no abandona si no es con el perdón. 

Vayas a donde vayas, te seguiré acompañando, aunque ni siquiera sepas bien quién sos. 

Y me encontré aquí. En este pueblo diminuto que fue condena y a la vez consuelo. Ante unos ojos negros que me recordaban que por mucho que corriera tendría que devolverme -eventualmente-

Ante un montón de gente que decía conocerme, mientras solo me juzgaban. 
Y entonces descubrí que relación no es atadura y amor no es dependencia. Que amistad es lazos, memorias compartidas, consciencia colectiva y ganas de crear momentos. 

Que hogar no es aquel sentimiento familiar llamado dolor, sino ese que se encuentra raramente llamado paz y la verdad, cuál dolor punzante, es necesaria. Verdad en este mundo tan vacío, vacío de mentiras. Nos hace falta. 

Y en el camino de vuelta, caminando porque estaba cansada de huir y correr. Me encontré con un maestro que me enseñó la importancia de la risa y otro el milagro de vivir. Me encontré con la verdad del ser y el pretender (y qué difícil es diferenciarlas). Me encontré con brazos llenos de abrazos que olían a esa paz que debía ser hogar. Con palabras, mi idioma. Mis preciadas palabras. 

ya nada me ata, nunca debió hacerlo. Y sin embargo en este tiempo encontré hogar, que me llena y hoy, en el mismo lugar, al que sin duda he vuelto, con los pies rotos de tanto correr. Soy feliz. Y crezco y estoy, sin huir. Aunque me vaya, no corro más. 

-de esos días-

de esos días donde me arrancabas la inocencia y bastaba un par de besos desnudos para devolverla, cuando debías desnudarme el alma por completo mucho antes de desvestirme. De esos días donde los lunares de tu espalda formaban constelaciones. Y tus labios se esbozaban de la forma más dulce y tras un gemido, un te amo. 

Aquella cama y la silueta de tu cuerpo al resplandor de la ventana, madrugadas de colores a oscuras, mariposas que revoloteaban. Tu orgullo en la puerta, tu amor a flor de piel, tu pecho; caja de música que calma. Imposible no contemplar la perfección de tu desnudez, observo, siempre lo hago y sonríes, con esa sonrisa a medias que te caracteriza, con esa mirada que brillaba aún en plena oscuridad. 

Y yo, postrada ante la certeza de ser ese el único lugar donde debo estar, petrificada ante el miedo tangible de perderte. Al roce de tus manos, suelto el miedo, al compás de tu corazón mis latidos van galopando, al ritmo de tu aliento voy, detrás, siguiéndolo. Me va faltando el aire mientras te estoy pensando. 

-poesía-

corrí, al verte llegar, mojé mi vestido. Poco importó.

corrí sintiendo que más nunca volvía a verte, que se acababa el perfume de tus recuerdos, que cada vez tu boca estaba más distante, tus besos más amargos, que los te amo ya ni siquiera querían decir lo siento. Corrí, como buscándote, queriendo alcanzarte, pero… ya era tarde, llegué tarde y vos, ya estabas muy lejos.

Sonreíste, y pude verte. Pude ver esa sonrisa que era tuya y también mía, tus ojos que se iluminaban desde lejos, y a su vez, toda la poesía que los mismos delataban -o relataban- cómo escribo poesía sin hablar de tus ojos, me pregunté. Dudando…

Sin saber siquiera si eso existe.

Tus ojos, entre tantas cosas, solo eso me pesa. Tus ojos llenos de historias, de lágrimas, de vida, de a-Dios.

Sigo despidiéndome, diciendo adiós cuando te veo, sosteniendo en una palabra -la última-
-Esta vez sí-

me digo a mí misma cada noche que te encuentro. Hasta en los sueños.

El oráculo ya no habla, la estupidez es incurable para quien se sabe estúpido, escuché decirle.

Te contemplo desde lejos, tu sonrisa que hoy vacila, tu perfume desde mi almohada que saluda y me acaricia, que me dice: me haces falta y que anuncia, como siempre. Una cuenta regresiva.

Tiempos de luna, los que paso, sin tus besos, tiempos de luna sin tus ojos; vida mía.

-cuando llegue a Marte- 

cuando no nos quede nada, nada por sentir y quizá nada por olvidar. Cuando la palabra eventualmente se borre de nuestra memoria y nuestra lengua no sepa sincronizarse con nuestros labios para pronunciarla, ese mismo día te volveré a amar.

Volveré a amar tus manos, siempre firmes, siempre fuertes, aquellas manos que fueron testigo de tantas hazañas y despedidas, de aquellas noches de desvelo, de lujuria y a su vez manos suicidas.

cuando se borre de mi mente el color de tus ojos, color cielo, el caleidoscopio que formaban tus pupilas al verme y nuestras incontables noches de hadas, magia y vino. Cuando la magia deje de ser blanca y sus rastros desaparezcan de mi vida. Cuando despierte y pueda explicar los morados de mi cuerpo, cuando dejen de tener nombre -tu nombre-

cuando la única certeza que nos quede sea la duda de nuestros disfraces, cuando te llame mío sabiendo a qué juego, sin tener que preguntar-te a qué jugás vos…

Cuando cese el viento, cuando aprenda a amarme, cuando llegue a Marte y no a Plutón. Cuando la luna deje de ponerse, cuando la niña de la falda y el listón ya no baile a lo loco.

Cuando ya no me pierda más.

Quizá

Ese día

Vuelva a Marte

O te comience a amar.

-diarios, adicciones y desvelos. Día dos- 

¿Qué pasará cuando ya no seamos ni tú, ni yo y volvamos a encontrarnos? Cuando sea el momento indicado. Quizá en otra vida.

– esperar, tal vez. Comentaste. Como leyendo mis pensamientos, como si fueras a reconocerme en otros ojos, porque siempre serán los míos.

tus pupilas se dilatarán -o me delatarán– dijiste de nuevo, mientras sonreías.

Cómo te explicaba que ya no se dilatan, pero jamás vas a verles por lo azabache de mis ojos. No sabía cómo decirle que ya no lo amaba aunque lo extrañara. Que mis pupilas ya jamás se dilatarían porque no era a él quien veía, que ante su respuesta constante de que las etiquetas limitarían todo lo que podríamos llegar a ser, nos quedamos siempre en futuro y a su vez, en nuestro presente, inestable.

– ¿Qué pasará cuando ya no seamos? Preguntaste mientras desviaba mi mirada, como no queriendo responder que ya no somos desde el momento en el cual deje de preguntarlo.

Recuerdos respondí, tan sincera y educada como mis palabras sabían llevarme, con esa linda manera de esquivar las cosas que mi consciencia trataba de evitar por el miedo incesante a herir. ¿Herir a quién? Me pregunté. Dudando en responder. Porque no sabría si ser recuerdos sería herirte o herirme, simplemente por el hecho de saber, que más que eso, no somos, ni seremos más.

-diarios, adicciones y desvelos. Día 1- 

¿Para qué cielo si con tus ojos tengo la constelación de Aries a mi alcance?

Le dije… como diciéndole todo lo que le amaba y no podía decirle, como describiéndole perfectamente en aquella oración, mientras él, pensaba en mi obsesión con las estrellas y los signos. Mientras yo, sabía que quizá no iba a entenderme. Poco después comenté que la constelación de Aries eran las dos estrellas más brillantes en el cielo -sabía que jamás se atrevería a comentar por qué le comparaba- incluso las confunden con cuatro estrellas juntas, pensó que hablaba de su aura y no de lo mucho que me gustaba estar con él o apreciaba contemplarle

Respondía a mis miradas como si no le costara entenderlas, como si ya en otros tiempos le hubiera explicado explícitamente lo que significaba cada una de ellas. Decía que la desnudez iba mucho más allá de quitarnos la ropa, yo sabía que ya me había desnudado hasta el alma sin siquiera desvestirme. Le comenté lo que pensaba de Satán y como el infierno simplemente nos hacía apreciar el cielo, nos hacía dignos de él. Me dijo entonces, que mis besos eran infierno, simplemente por mostrarle lo terrenal que era este mundo y como el cielo significaría tenerlos para siempre. Por otro lado mi infierno eran solo dos palabras, sin sentirlas.

Palabras recordé, palabras menos, palabras más, palabras siempre. Siempre importantes. Y comencé de nuevo, así, a hablar sin pausas, con muchas comas, como sintiendo, como queriendo decir todo lo que estos meses me había guardado, todo lo que jamás pude decirle, todo lo que de golpe quise decir. ¿Qué tanto extrañas lo que dices que extrañas? Al fin logré preguntarle y esta vez no, no era una pregunta que había pensado; a veces no sé de qué me hablas, logró responder. Sonreí mientras veía como su mirada se perdía mientras su mente divagaba quién sabe por qué lugar –es imposible no ir a algún lugar al escuchar esa pregunta, le dije– volvió, como extrañado pero sonriendo, al fin respondiendo: la verdad, no sé cuánto la extraño. Sé que de saber podría no saber miles de cosas pero aquello era una mentira que a sus mismos labios le costaba pronunciar.

Te extraño finalmente dijo una voz en la lejanía, casi sin escucharse. Era la voz de un niño pequeño que parecía tener años abandonado en ese pecho, creo que llevamos demasiado tiempo jugando ser mayores, respondí. Mientras pensaba en mis proyecciones y como esta definitivamente era una de ellas. Comencé a pensar en lugares, en aquella niña que se quedó esperando el último abrazo y esas dos palabras sin ser infierno. Me quedé pensando en cómo la pregunta se re-formulaba para preguntarme ¿Cuánto te extrañas cuando te das cuenta que te extrañas? Y esta vez yo tampoco tenía respuesta para ello. Espejos, estrellas, la luna y planetas que no alcanzaremos jamás, aunque no paremos de fantasear con ellos.

Estrellas; tus ojos, la luna; tu sonrisa y tu mente aquel lugar de la galaxia del cual todos se preguntan. Te amo, finalmente logré decirle sin tener que llevarle al infierno. Tomé el mejor de mis abrazos y lo entregué, como quien entrega el mejor de sus abrazos a quien le espera bajo la lluvia para el futuro. Como aquella carta que tanto me gusta, como todas esas cosas que no sé cómo compartir con vos.

Terminé de escribir y me miraste desconcertado, repitiendo nuevamente: a veces no sé de qué hablas, tampoco con quién lo haces.

¿A quién escribo? Me pregunté sonriendo, sabiendo que lo que es tuyo, aunque lo abandones, siempre busca su manera de volver.

-definición de imposible-

Domingo veintisiete

Pasarán miles de cartas y ninguna vale si no la lees tú, sin embargo, siento el deseo casi urgente de seguir escribiéndote, aunque no sea capaz de enviarte todos los sonetos y las cartas que se escribieron con tu nombre casi impreso pero tácito, aunque quizá estés leyendo esto y pensarás en cualquiera, mientras yo solo pienso en tu voz.

Te juro que lo intento, intento no confundir tu risa con el arrebol del cielo que tanto amo y tus pupilas con la constelación de Aries, tú que piensas que no te pareces en nada al firmamento y yo que te repito que no tienes nada que envidiarle, mientras en tus brazos encuentro el calor del sol y la luna de la que siempre hablas en tus letras, y uniendo las pecas de tu espalda está la flota de sagitario esperando por ti, esperando que te des cuenta.

Pero al abrir los ojos estás tú y esa sonrisa que se podría distinguir a kilómetros de distancia, y este mundo que sigue pareciendo un sueño desde la primera vez que pronunciaste mi nombre. Y mientras exista la magia, también existes tú –y viceversa-.

Intento no encontrarte en los poemas de alguien más, en la definición de felicidad. Intento no declararte mi amor afirmando que estoy a punto, y es que quizá ya mi sonrisa o incluso mi voz me hayan delatado. Fallo de la manera más inocente al pensar que podría todavía estar al borde del precipicio donde con ciertas precauciones podría simplemente no enamorarme de ti.

Enamorarse es inevitable, me dice mi alma mientas me cuenta que para no contarte que te conoce de otras vidas, debí ponerle un bozal sabiendo que algún día –en esta o cualquier otra galaxia- iba a encontrarte. Entonces recuerdo como en el calor de tu pecho nuestros corazones siguen el mismo ritmo mientras mi alma parece elevarse para unirse con la tuya y justo en ese momento inefable es una palabra que a tu lado –como todas- se queda corta.

Juro que intenté no caer en las danzas seductoras –casi hipnotizantes- que tus manos, casi perfectas, realizaban mientras tratabas de explicarme cómo funcionaba el amor y casi todo en la vida, pero debo confesarte que fallé. Fallé y lo admito casi orgullosa con una sonrisa en el rostro y es que quien inventó la palabra imposible, seguro lo hizo mientras intentaba no enamorarse de ti.