-jugábamos-

Jugábamos; vos, la luna y yo.

Jugábamos a escondernos como sombras, en el callejón sin luces del anochecer más profundo, donde nuestros cuerpos se confundían con la noche, donde mi piel se fundía con la tuya. Donde mi amor y el tuyo, que era nuestro; chocaba, entraba e irrumpía en nuestra vida.

Jugábamos a enredarnos entre sábanas, a ver pasar los días por la ventana. A escuchar cantar el arrebol de la tarde, a rogarle a la luna que se quedara, a creer de nuevo en fantasías.

Jugábamos mientras yo aprendía de tatuajes, contemplando tu espalda cuando leías, mientras aprendías tú de mí, enumerando cicatrices escondidas. Y el sol nos sorprendió por la ventana llegando el nuevo día.

Jugábamos, a pretender que existía el tiempo, a parar el mundo con vos, a proteger ese amor que fue nuestro –que era nuestro-, a escondidas.

Jugaste vos creyendo que el juego era eterno, mientras la luna entonces, se tornaba menos luna y más vacía.

Y como juegan los niños, seguí jugando y como aclaman los niños dijiste –mía- y fui tuya, de momentos, fui tan tuya como fui mía.

Y de momento también seguí jugando, aunque esta noche entre sábanas, jugués con otra a llamarle mía.

Anuncios

-hadas no tan pequeñas y ángeles sin alas-

-A quienes van por el mundo salvando vidas- y –A quienes esperan por ese alguien que les ayude a salvarse-

Hay gente buena en el mundo, aunque la palabra buena no sea suficiente, lo importante es que la hay. Gente que tornará tu paso por él inolvidable, personas que harán que todo valga la pena (incluso las penas) tan solo en un instante, solo si tienes la dicha de conocerles. Y justo en ese preciso instante, lo entiendes todo.

Entiendes que el mundo tiene sentido, que no hay una sola razón para no querer vivir, y que todo tiene su razón de -ser- y no volverás a ese alguien tu mundo -porque no son del tipo que crean dependencia- simplemente son seres mágicos o de otros planetas que te hacen sentir como aquella amada del ser no terrestre que pasó su jornada en la tierra solo escribiéndole a un amor de otras vidas y galaxias, que sin destiempo un día encontró aquí. Sí, aquí, en este mismo suelo que hoy camino. Personas que te harán desear tener aunque sea la posibilidad de ser aspirantes a un recuerdo, a un pedacito de la vida, del vivir.

Y creo que la emoción de los regalos, esas mañanas de un veinticinco no son ni un cuarto de lo que hoy siento. La felicidad de toparme con lo que mi ser encuentra increíble, de no poder creer que hoy yo -a quien muy bien no conozco- tiene la dicha de encontrarse seres que en una fracción de segundo marquen huellas indelebles en mi memoria que todo lo guarda, todo lo atesora, todo lo recuerda.

Y entre tanta luz -que se irradia y se comparte- me pierdo, me pierdo entre las letras sin encontrar las palabras para poder expresarme y me sigo maravillando, una y otra vez, dejando de luchar contra la utopía de describir lo inefable, que se han vuelto los domingos, todas mis tormentas.

Día a día voy recuperando la fe en la magia que perdí mientras crecía. Esa magia que me hizo creer en las hadas que nunca vi -como en los cuentos- la misma que me hizo pensar que el peor de mis días era increíble si tan solo lograba una sonrisa. La misma magia que hoy me demuestra que quizá las hadas no vuelan, pero sí que te hacen volar con sus traviesas palabras, y que aunque los ángeles oculten sus alas para no ser descubiertos, aquella luz que irradian los delata.

Llego a casa y sigo intentando, sí, intento. Aunque sé que no encontraré las palabras, aunque nada les haga justicia. Lo intento. Porque de alguna forma tengo que agradecer -y recordar- estas nuevas tormentas y tan agradable lluvia. Porque el bolígrafo ahora anda solo y quien le da cuerda ahora se hace llamar vida. Porque tengo la certeza de que la magia existe y la he visto en una sonrisa con nombre de mujer, que al mismo tiempo me ha hecho creer en el amor.

Y sigo entendiendo aunque no entienda aprehendiendo, porque lo tomo como propio, el significado del amor, sonriendo a quienes más que lluvia son tormentas, amando solo porque existen. Aprendiendo que tanto podría ser una noche, porque no es cuestión de tiempo y para todo la vida, quizá dos días.

Sé que en otras vidas voy a encontrarles -lo anhelo- y los reconoceré. Los reconoceré como esas almas libres que tocaron mi puerta para liberar la mía, para hacerme sentir viva. Aquellas que dejaron que mi espíritu danzara en la lluvia y saliera corriendo, para demostrarme que la dicha existe y que la certeza de estar en el lugar correcto, puede encontrarse en un pequeño –muy pequeño- momento y durar toda la vida. Que no somos algo planeado, pero que nuestro encuentro ha de escribirse en ese papel en blanco donde se dibuja nuestro destino, con la necesidad del lenguaje -saben que hablo de palabras- esas que nunca van a faltarme, pero que siempre han de quedarme cortas. Por eso el mismo papel se quedó en blanco, pero lleno de magia. En blanco porque aunque intentara no habría palabra existente para recontar lo maravilloso del momento. Momento en el cual dejo de ser yo para de nuevo serlo –y por vez primera reconocerme ante un espejo- en esta, mi forma humana. Aunque mi letra ya no la entienda, porque estos versos con el fin de compartirse, se escriben solos. Ellas que danzan en estas manos, solo para darme el placer de recordarle.

Me despido, casi sin coherencia. Agradeciendo al mundo, por traerme en sí. Y a la luna por ser testigo y responsable, de que estos seres luz de luna, se cruzaran en mi camino.

Nuevamente sin decir adiós, me despido, como siempre con cartas y por cierto no sé si has de saberlo pero si algún día, miras de lleno, sin ego. Descubrirás que tú más grande héroe se encuentra en el espejo. Y entenderás la frase -ojalá puedas verte, como yo te veo-

À la vie tôt.