-jugábamos-

Jugábamos; vos, la luna y yo.

Jugábamos a escondernos como sombras, en el callejón sin luces del anochecer más profundo, donde nuestros cuerpos se confundían con la noche, donde mi piel se fundía con la tuya. Donde mi amor y el tuyo, que era nuestro; chocaba, entraba e irrumpía en nuestra vida.

Jugábamos a enredarnos entre sábanas, a ver pasar los días por la ventana. A escuchar cantar el arrebol de la tarde, a rogarle a la luna que se quedara, a creer de nuevo en fantasías.

Jugábamos mientras yo aprendía de tatuajes, contemplando tu espalda cuando leías, mientras aprendías tú de mí, enumerando cicatrices escondidas. Y el sol nos sorprendió por la ventana llegando el nuevo día.

Jugábamos, a pretender que existía el tiempo, a parar el mundo con vos, a proteger ese amor que fue nuestro –que era nuestro-, a escondidas.

Jugaste vos creyendo que el juego era eterno, mientras la luna entonces, se tornaba menos luna y más vacía.

Y como juegan los niños, seguí jugando y como aclaman los niños dijiste –mía- y fui tuya, de momentos, fui tan tuya como fui mía.

Y de momento también seguí jugando, aunque esta noche entre sábanas, jugués con otra a llamarle mía.

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-en qué galaxia me olvidaré yo de vos-

Era un día de esos que tanto me gustan, donde el sol se oculta mientras los amantes se esconden para hacer el amor, donde las nubes parecen taparle, como las cortinas a nosotros, y en aquella habitación parecía no haber reloj, parecía detenerse el tiempo, simplemente porque estaba con vos.

La noche era fría y tus brazos el lugar más cálido del mundo, febrero no es invierno y qué tanto importa octubre si estoy con vos.

Encendía el último cigarro de aquel junio perfecto, de esas cajas que ya no se encuentran, que tanto nos costó conseguir, con mi mano libre recogía mi ropa mientras divagaba en mis pensamientos y de un instante a otro, escucho el murmuro de tu voz armónica interrumpirles.

– ¿vas a recordarme?
Preguntaste con una voz tajante, como si tu vida dependiera de ello, como sumiéndote de lleno en un no, que no era posible, no conmigo. No tratándose de vos.

El silencio, inundó nuestra habitación y vos sentiste que de no haber respuesta algo se rompería, pero te quedaste ahí; petrificado esperando más silencio, porque un no habría dolido demasiado, porque de todos, vos bien sabés que silencio también es respuesta. En ese momento solo había humo entre nosotros y buscando las palabras adecuadas decidí romper el silencio y responder.

Un poco ronca del humo y algo temblorosa del miedo, aclaré mi garganta y respondí. Contundente como vos, como nuestro silencio. Difusa como el humo que bloqueaba nuestra vista, pero dejaba al desnudo nuestras almas. Al descubierto, como siempre, una noche más.

– vos siempre serás importante para mí. tus recuerdos se calan en mi piel cual tatuaje; como la poesía tuya que ha decidido calarse en mi alma, en mi vida. Tu manera de moverte entre la gente y esas veces que bailás cuando crees que nadie te ve, de cualquiera me esperaba esta pregunta pero ¿de vos? Vos que siempre serás vos, que sos también una parte muy importante de mí. ¿en qué galaxia alguien se olvidaría de ti?

– Claro que voy a recordarte

Dije entonces, porque no sabía si había sido lo suficientemente clara, porque no quería que quedara la más mínima duda en mis palabras, porque no podía permitir que la incertidumbre se adentrara en tus pensamientos, no cuando se trataba de nosotros dos.

– ¿ni en otros labios, otra cama, otra piel, otros brazos, a otras horas?
– No de vos.

Sonreíste, y justo en ese instante, en aquella habitación; que era nuestra. Surgía una razón más, para no olvidarme.

La lluvia caía y con ella caía yo. La luna y el humo, hacían de aquella habitación una dimensión extraña y mi mente se iba lejos, tratando de huir de la palabra amor, tratando de huir de vos. Sonaba de fondo una que otra canción que ahora odiás y mi mente como siempre se iba de una vez, hasta que tus besos me traían de vuelta, hasta que murmurabas las palabras mágicas: hagamos el amor otra vez.

Nunca supe si significa quédate o no te vayas, mi alma desnuda te miraba con confusión mientas ahí estaba yo. Con la mirada perdida pensando cualquier cosa, mientras no fuera amor.

– No todas mis palabras tienen trasfondo

Dijiste atravesando mis pensamientos, supongo descifrando mi mirada. Te miré entonces, hablándote en silencio y me quedé. Me quedé recordándote hasta hoy. Donde cada cigarro habla de vos. Hoy que ya no preguntás si te recuerdo porque sabés que la respuesta es sí. Porque mi mundo es sí, siempre que estás vos.

-hadas no tan pequeñas y ángeles sin alas-

-A quienes van por el mundo salvando vidas- y –A quienes esperan por ese alguien que les ayude a salvarse-

Hay gente buena en el mundo, aunque la palabra buena no sea suficiente, lo importante es que la hay. Gente que tornará tu paso por él inolvidable, personas que harán que todo valga la pena (incluso las penas) tan solo en un instante, solo si tienes la dicha de conocerles. Y justo en ese preciso instante, lo entiendes todo.

Entiendes que el mundo tiene sentido, que no hay una sola razón para no querer vivir, y que todo tiene su razón de -ser- y no volverás a ese alguien tu mundo -porque no son del tipo que crean dependencia- simplemente son seres mágicos o de otros planetas que te hacen sentir como aquella amada del ser no terrestre que pasó su jornada en la tierra solo escribiéndole a un amor de otras vidas y galaxias, que sin destiempo un día encontró aquí. Sí, aquí, en este mismo suelo que hoy camino. Personas que te harán desear tener aunque sea la posibilidad de ser aspirantes a un recuerdo, a un pedacito de la vida, del vivir.

Y creo que la emoción de los regalos, esas mañanas de un veinticinco no son ni un cuarto de lo que hoy siento. La felicidad de toparme con lo que mi ser encuentra increíble, de no poder creer que hoy yo -a quien muy bien no conozco- tiene la dicha de encontrarse seres que en una fracción de segundo marquen huellas indelebles en mi memoria que todo lo guarda, todo lo atesora, todo lo recuerda.

Y entre tanta luz -que se irradia y se comparte- me pierdo, me pierdo entre las letras sin encontrar las palabras para poder expresarme y me sigo maravillando, una y otra vez, dejando de luchar contra la utopía de describir lo inefable, que se han vuelto los domingos, todas mis tormentas.

Día a día voy recuperando la fe en la magia que perdí mientras crecía. Esa magia que me hizo creer en las hadas que nunca vi -como en los cuentos- la misma que me hizo pensar que el peor de mis días era increíble si tan solo lograba una sonrisa. La misma magia que hoy me demuestra que quizá las hadas no vuelan, pero sí que te hacen volar con sus traviesas palabras, y que aunque los ángeles oculten sus alas para no ser descubiertos, aquella luz que irradian los delata.

Llego a casa y sigo intentando, sí, intento. Aunque sé que no encontraré las palabras, aunque nada les haga justicia. Lo intento. Porque de alguna forma tengo que agradecer -y recordar- estas nuevas tormentas y tan agradable lluvia. Porque el bolígrafo ahora anda solo y quien le da cuerda ahora se hace llamar vida. Porque tengo la certeza de que la magia existe y la he visto en una sonrisa con nombre de mujer, que al mismo tiempo me ha hecho creer en el amor.

Y sigo entendiendo aunque no entienda aprehendiendo, porque lo tomo como propio, el significado del amor, sonriendo a quienes más que lluvia son tormentas, amando solo porque existen. Aprendiendo que tanto podría ser una noche, porque no es cuestión de tiempo y para todo la vida, quizá dos días.

Sé que en otras vidas voy a encontrarles -lo anhelo- y los reconoceré. Los reconoceré como esas almas libres que tocaron mi puerta para liberar la mía, para hacerme sentir viva. Aquellas que dejaron que mi espíritu danzara en la lluvia y saliera corriendo, para demostrarme que la dicha existe y que la certeza de estar en el lugar correcto, puede encontrarse en un pequeño –muy pequeño- momento y durar toda la vida. Que no somos algo planeado, pero que nuestro encuentro ha de escribirse en ese papel en blanco donde se dibuja nuestro destino, con la necesidad del lenguaje -saben que hablo de palabras- esas que nunca van a faltarme, pero que siempre han de quedarme cortas. Por eso el mismo papel se quedó en blanco, pero lleno de magia. En blanco porque aunque intentara no habría palabra existente para recontar lo maravilloso del momento. Momento en el cual dejo de ser yo para de nuevo serlo –y por vez primera reconocerme ante un espejo- en esta, mi forma humana. Aunque mi letra ya no la entienda, porque estos versos con el fin de compartirse, se escriben solos. Ellas que danzan en estas manos, solo para darme el placer de recordarle.

Me despido, casi sin coherencia. Agradeciendo al mundo, por traerme en sí. Y a la luna por ser testigo y responsable, de que estos seres luz de luna, se cruzaran en mi camino.

Nuevamente sin decir adiós, me despido, como siempre con cartas y por cierto no sé si has de saberlo pero si algún día, miras de lleno, sin ego. Descubrirás que tú más grande héroe se encuentra en el espejo. Y entenderás la frase -ojalá puedas verte, como yo te veo-

À la vie tôt.

-cómo decir, después de haber dicho tanto- 

Digamos que te conocí en el momento exacto, cuando yo era la indicada y tú el correcto, cuando el destino nos llamaba. Digamos que soy tu Rosa y tu Mí Principito, que nunca fui un Baobab. Digamos que mi sonrisa es lo más lindo que has visto, que tus ojos y mis pestañas hacen la combinación perfecta en la mirada de nuestros hijos. Que a mi lado el tiempo para ti no existe. Que soy yo la que hace que esa canción tenga sentido, la única que sabe cómo tocarla… digamos que sí, que te encanta mi voz.

Digamos que nunca me quedé esperándote, que jamás tuve que recordarte el color de mis flores preferidas porque tú ya lo sabías, que para ti yo era la flor más linda que jamás habías visto. Digamos que a tu lado soy la única princesa y que no necesité corona alguna para probarlo.

Digamos que contigo no había voces extras, que con la tuya solo eran dos. Que estábamos en la misma página –y no en diferentes libros- que ninguno de tus besos me supo a despedida.

Supongamos que este poema no existe –aunque no exista si no lo estás leyendo- y que no le escribo a todo lo que pudimos llegar a ser. Porque el tiempo no era el correcto, yo no fui “the one” y me quedé atrás. Digamos que hoy no te olvidado y que no es otro quien toca la canción –o me la hace cantar- que no me quedé preguntándome cómo es que no volviste más. Digamos que ya no te lloro, que no camino ciertos pasillos con la esperanza de encontrarte y que mi luz no se opacó aquel lunes que dejé tu casa.

Digamos que me convertí en arte, en aquel libro que por primera vez terminaste de leer. Que soy la estrella que más brilla en tu ciudad –aunque la luz a veces no te permita verme- que ya no dices te amo porque te duele pensar en mí, que ella no habla nuestro idioma, no toca tus teclas. Que el olor en su cabello te hace pensar por qué no estoy yo ahí .Digamos que no decimos tanto y que cuando te encuentre no habrá otra en mi lugar.

Digamos “hasta luego” porque no quiero escuchar un “hasta nunca jamás” digamos tanto como podamos y que de tanto decir este poema quede sin acabar.

-las estrellas y el olvido-

Creo que el olvido es una de mis más grandes incongruencias. Puedo mirar las estrellas y encontrar en cada una de ellas el olvido del que hablaba el principito al no recordar sus números y mucho menos sus nombres. También puedo apoyar mi carta favorita al decir que (dur)ante el amor el olvido es lo más grave “porque entre otras cosas no existe” y es que claro, es fatal… pero cuando acaba (como todo) es necesario y entonces estás ahí, cada noche, mirando las estrellas con un nombre entre tus labios. Rogándole al universo que te conceda el olvido. Y justo en ese momento, el olvido no parece ser tan fatal ni inexistente.

Sé que no hay cigarros que cuenten más historias que aquellas cuatro paredes pintadas de blanco que solían ser nuestras confidentes. Sin embargo la caja sigue ahí y seguimos mintiendo aunque sabemos que mi color preferido es el lila. Y mientras el amor se vuelve lujuria –y viceversa- la misma se enferma de odio y en cada respiro entrecortado mientras jadeas puedo escuchar tu plegaria muda donde la única petición es que pare el dolor. Siento en cada parte viva de mi cuerpo tu voz llamándome, mientras sé que mi nombre se desvanece en tu mente y otros labios, mientras tanto mis huellas en tu corazón están ardiendo, como duele cuando arde si el fuego no es precisamente amor.

Ya casi no recuerdo y supongo que agradezco, pues he olvidado conversaciones enteras, discursos completos. Las voces que me atormentaban se han ido y de a poco la culpa es menor. Tus ojos se han vuelto un par más cualquiera, mientras los míos cada día son el paraíso oculto de alguien más. Yo.

Jamás pensé que llegaría tan lejos soltando, aunque ciertamente era ilógico pensar que con tanto equipaje se pudiera llegar lejos –o algún lado- andando sola. Debo confesar que no sé muy bien a donde voy, pero eso no significa que no disfrute el camino y ante cada obstáculo hoy sonrío…

Creo que me han vuelto a gustar las rosas aunque ya nunca serán de él. Y siento que siempre amaré las estrellas aunque mirarlas signifique pensarnos y pensarnos signifique olvidarte. Y es que aquella constelación, cuyo nombre por supuesto no recuerdo, siempre traerá soplos de olvido con olor a nosotros –y vaya usted a saber cómo huele eso-. Cuando descubres que algo es inevitable ante la resignación debes decidir si perder el orgullo o el miedo. Aunque creo que perder ambas nos vendría bien.

¿Recuerdas cuando te decía que ojalá pudieras verte como te veía? Cabe acotar que para el momento te amaba.

Bueno he logrado hacerlo, he logrado verme como quien nos ama: con más virtudes que imperfecciones. Tenías razón, las sonrisas sinceras son capaces de iluminar una ciudad entera y aquellos ojos –casi negros- e indescifrables se han sumergido en un mar muy profundo, con el solo propósito de encontrarse. A veces creo que han parado de buscarse porque cada día logro descifrarlos un tanto más.

Y supongo que fue lindo elegir el ruido de tu mundo cuando no quise escuchar mi silencio, pero no hay droga más atrayente que la elección de la felicidad, mientras aquellas estrellas que un día compartimos nos susurran con un soplo de aquel don llamado olvido, durante el largo camino necesario de la soledad, cuando decidimos apagar las luces del mundo y escuchar –incluso nuestros silencios- para aprendernos a amar.

“(…) I believe in being strong when everything seems to be going wrong. I believe that happy girls are the prettiest girls. I believe that tomorrow is another day and I believe in miracles.”
― Audrey Hepburn

-sábanas, risas y verano-

Aún recuerdo tu sabor a playa, las largas noches sin dormir, el único verano que supo a historia de amor. Las incontables pecas sobre tu espalda, los amaneceres que nunca nos cansamos de ver entre sábanas y sonrisas, y aquella risa que lleva años encendida en mi recuerdo.

Una semana, tres días, un año… qué importa el tiempo si contigo estoy.

Debo confesar que jamás pensé que habría tiempo para querernos de esta forma: sin reglas, sin límites, pero sobre todo sin lágrimas de por medio, sin besos con sabor a culpa.

Domingo de playa, ojos brillantes, sonrisa pícara, toneladas de alcohol y música que distraía. Si te soy sincera nunca pensé que serías importante. Amaneceres que lo fueron todo y el calor de tu cuerpo calentando el mío, como pidiendo permiso para entregar caricias. Soledades en conjunto, miedos que parecían perecederos. Una sonrisa eterna como diciendo quizá; de fondo “Pero Esta Tarde No Te Vas” y más que la certeza de saber que eres fugaz.

Vas y vienes, estás y  ya no estoy, me has visto en otros brazos, te he visto en otros ojos. Le hemos dado la espalda al destino. Tú, con ella, yo, con él. Tequila, cuarto trago, perdí la cuenta y estuviste aquí, en mi mente por ejemplo, en sus manos sobre mi cuerpo, en sus labios color rosa. En él tan parecido a ti.

Más de una vez llegué a preguntarme si había algo en ella que te hiciera recordarme. Quizá sería al revés, quizá en mí la buscaste a ella, quizá siempre ha sido así. Pero hoy te veo sin tanta playa y con menos pecas. Ya sin pedir permiso, aquí sin culpa, tú sin ella, yo sin él. Con los mismos amaneceres que nunca nos cansamos de ver, con diferentes sábanas pero las mismas risas. Y sé que es aquí, justo donde quiero estar. A tu lado donde no pasa el tiempo, donde las puestas de sol no hacen falta, donde el segundero casi no sirve y tus latidos son mi mejor reloj.

Y la distancia no significará nada y los amaneceres seguirán siendo. Y ya no quiero darle la espalda al destino y no busco más reloj que tus latidos, cuando después de haber perdido la cuenta entre tus pecas, tus besos son el mejor remedio, para acabar con el tormento del destiempo y el amor, cuando te buscaba en otros labios y solo conseguía escuchar un “no eres tú,  yo” y es que siempre fue él, simplemente porque nunca fuiste tú.

-Daddy’s little girl-

Durante años he escuchado que todo es efímero, pero lo cuestiono porque tengo la certeza de que algunas cosas son eternas. Todos partimos, dicen, pero a la vez, siempre nos quedamos y todo pasa –fiel partidaria de esto– aunque algunas cosas siempre nos acompañen. Es irrefutable que como nosotros, todo, es una colección de paradojas.

Ya casi no recuerdo, aunque me aferre ciertas cosas se han ido y debo confesar que tengo miedo. Sí, lo sé, suena irónico ya que hace no tanto hubiera dado cualquier cosa por borrar todos y cada uno de mis recuerdos. Lo cierto es que siento casi el mismo miedo que sentí aquella madrugada de febrero cuando supe que no volvería a saber de ti. Desde entonces te busqué, te busqué en cada rincón, desde aquel agosto lluvioso, de la manera más equivoca, pero te busqué y en ocasiones tiendo a pensar que quizá siempre he de buscarte, porque siempre me has faltado.

Cierro los ojos por un momento y estás tú, eso es lo increíble de la mente. Tú y tu voz tan segura, tus manos firmes y hermosas –las más hermosas con las que me he topado- y el calor de tu pecho, el único calor que reconozco como hogar. “Home is such a cozy place” y vuelve el miedo cuando en ese preciso instante en que estoy tratando de buscar tu mirada, no puedo recordar tus ojos, y sé que no debo hacerlo a través de aquel frasco lleno de pastillas que hoy me esconden.

Me despierto y ya no estás. He luchado, lo juro, luché contra la vida para salvarte, he luchado desde entonces para que te quedes o simplemente para verte una sola vez, pero te has ido y entre lágrimas y gritos entiendo que era tu tiempo y esta soy solo yo sintiendo, todo lo que reprimí en aquel entonces. Y aunque a veces me olvide como solías ser, te extraño.

Te extraño en el olor de las rosas, en realidad en casi cualquier flor, en las competencias de cálculo, entre la velocidad y el tiempo, estás tú, distancia… y te extraño en cada abrazo, cada canción que hable de ti, cada cigarro, cada persona, cada momento, aun siendo feliz lo hago. Y me ha costado como jamás pensé que costaría perdonarle al mundo tu partida y perdonarme no haberte sabido perdonar cuando aún había tiempo. Y entre otra de las certezas sé que el tiempo nunca será suficiente.

Y por eso te espero, te espero más que en sueños, en mi soledad. Te espero en el cigarro de las doce junto con un poema y aquella canción que solías cantar. Te espero en cada lágrima dedicada a un hombre quizá parecido a ti. Te espero en cada pelea donde ya no puedo recurrir a tu llamada.Y aunque sé que estás dentro de mí, ya no sé si siempre estás.

Todo es efímero, la vida por ejemplo que a su vez es tan eterna e imprecisa como aquel recuerdo que sembramos en los corazones de nuestros seres queridos. Tu recuerdo en el mío, por nombrar alguno. Todos partimos, con la muerte o eso dicen, y a la vez nos quedamos para siempre como tú te quedas no solo en mis recuerdos sino en cada glóbulo de mi sangre. Todo pasa comentan pero los dos sabemos que tu pedacito de cielo siempre me acompaña.

Pero mientras tanto, puedes estar tranquilo que todavía no soy tan princesa para que me lleves a tu castillo –estoy bien-