-postergando la rutina-

Te recuerdo, a veces con nostalgia, a veces con sosiego. En ocasiones el recuerdo es tan lejano que parezco desvariar. Para ser sincera comienzo a dudar; temo no saber diferenciar entre los recuerdos de algo vivido y mis sueños. Pero te sueño y al rato ahí estás vos, saltando de nuevo a mi vida, apareciendo en llamadas, mensajes y nubes que hablan de vos.

En silencio, eres ese recuerdo que nuestra memoria conserva de aquellos tiempos lejanos, cuando éramos niños, ese recuerdo que no me atrevo a preguntar si es cierto, que con los años pierde lucidez y comienzo a creer que solo fue un sueño, pero en ocasiones, alguien más nombra el recuerdo, y sé que lo viví.

De nuevo es enero, y nos hicimos mil promesas más para olvidarnos. Te sueño en silencio, y en el mismo silencio mi celular vislumbra un número que parece ser el tuyo. En ocasiones, quisiera soñar con dinero y no con amores –no sé si así pueda llamarles- que alguna vez creí que tuve y luego perdí.

–          ¿Cómo se llama esa película que te gustaba mucho, pero no te gustaba tanto porque no dejaba de traerte preguntas sin respuestas?

–          Ya ni siquiera hay aló, respondo. Mientras escucho mientras ríes que ese no es el nombre de la película porque tenía algo que ver con los sueños.

La conversación parece un chiste de mal gusto, justo después de un sueño atormentador para estos tiempos, llamarme preguntando por mi libro favorito, donde su nombre sí, tiene que ver con los sueños. What Dreams May Come, otra de las lindas cosas que se llevó el año, su escritor.

Dijiste gracias pero ambos nos quedamos en silencio al final de la línea, como esperando que alguno de los dos trancara, la verdad pensé serías vos, ya que en ocasiones, todavía me pasa por la mente, alguna de esas llamadas solo para escuchar tu voz.  Y nos quedamos ahí, inamovibles, casi inertes ante la presencia abrumadora de otro adiós, el último como siempre, y de nuevo, fuimos árboles.

Mientras una lágrima recorría mi cara, con mi tono de voz algo entre cortado te dije; recuerdas cuando creíamos éramos árboles y jugábamos a quedarnos años enteros en el mismo lugar.

–          Jugamos tantas cosas, respondiste, con un tono pícaro, pero a la vez algo triste. Característico de vos y tu voz.

–          Queríamos ser aves y emprender nuestro vuelo, lejos el uno del otro… dije mientras me quedaba pensando que como siempre, la costumbre y el miedo tomaron nuestras decisiones y nos quedamos.

–          Tan aferrados a la costumbre y tan asustados de la novedad. Me sorprendí con tus palabras, porque ya sabía yo que era predecible, pero jamás pensé que hasta ese punto.

–          ¿verdaderamente lo intentamos?

Te pregunté mientras te confesaba que es una pregunta que de vez en cuando me acompaña entre sueños, aquellos días donde los domingos son eternos, y tu recuerdo más que atosigarme me hostiga y de alguna forma no puedo detenerlo. Porque no quiero.

–          Ya no importa. Carece de importancia porque aunque le demos muchas vueltas, nunca serán las necesarias y no lograrás responderte, y mis palabras como siempre, nunca bastaran.

Es verdad, no te lo dije en el momento, porque estaba demasiado ocupada en el discurso que debías dar y no diste. La razón por la cual tus palabras nunca bastaban. Idealización, repetía esa palabra en mi cabeza y parecía burlarme de mí. Otra vez con los chistes de mal gusto.

Ya sabés lo mucho que me gusta ver la luna mientras hablo por teléfono y consumo los cigarros que son en infinitas ocasiones, la fuente principal de inspiración de todo lo que escribo – cuantos no se consumieron estos meses en busca de inspiración y solo hacía falta una llamada-

La luna estaba llena, muy llena y vos, sonreías al otro lado del teléfono, asegurándome que tu única certeza era que a mi manera, entre risas, a mí loca manera, te amé. Guarde silencio, mientras pensaba en lo que acababas de decir, no sabía si eso era un consuelo o reafirmaba la peor de mis pensadillas, me quede pensando en silencio. Ese silencio turbio que ensordecía nuestra conversación al principio mientras los dos decidíamos que otra cosa decir para seguir escuchando nuestra voz.

–          Crecimos, dijiste interrumpiendo mi silencio (nuevamente)

–          Volamos, querrás decir.

–          ¿cómo?

–          Volamos, después de tanto, nos atrevimos a hacerlo.

–          Sigo volando a tu lado, dijiste tan bajito que casi ni podía escucharte.

–          So do I

–          Sigo volando a tu lado, cuando despierto en medio de la noche queriendo ser árbol de nuevo. Era complicado, pero a la vez más sencillo. Dijiste con ironía y creo entendí.

–          Sigo volando hacía vos, cuando de vez en cuando, de nuevo te proclamás Dios.

–          Lo siento

–          No hago más que reír, ¡nos hemos vuelto tan predecibles!

Nuevamente me quedo en silencio, y se siente como abandonar tu pecho y darle vuelta a tu recuerdo. Recuerdos, nostalgia, tus besos.

–          Adiós

–          ¿recuerdas como cada luna llena jugábamos a ser arboles; a no movernos?

Suspiro…

Sonríes…

Me quedo.

 

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