-crecer, sin querer huir- 

hace no tanto, si hablamos del tiempo que repara el corazón, quería huir. Huir porque no sabía ser quien soy, porque tenía miedo de ser juzgada, porque ni yo misma me encontraba. Huir porque verdaderamente no había algo que me doliera (porque quizá me dolía todo), algo que me atara, porque no tenía raíz y mis pies ardían del dolor, y en ese dolor, su alivio inmediato era huir. 

¿A dónde? 

Dígame usted a dónde se huye lo suficientemente lejos del recuerdo de uno mismo, del reproche de nuestra mente, de la culpa que no abandona si no es con el perdón. 

Vayas a donde vayas, te seguiré acompañando, aunque ni siquiera sepas bien quién sos. 

Y me encontré aquí. En este pueblo diminuto que fue condena y a la vez consuelo. Ante unos ojos negros que me recordaban que por mucho que corriera tendría que devolverme -eventualmente-

Ante un montón de gente que decía conocerme, mientras solo me juzgaban. 
Y entonces descubrí que relación no es atadura y amor no es dependencia. Que amistad es lazos, memorias compartidas, consciencia colectiva y ganas de crear momentos. 

Que hogar no es aquel sentimiento familiar llamado dolor, sino ese que se encuentra raramente llamado paz y la verdad, cuál dolor punzante, es necesaria. Verdad en este mundo tan vacío, vacío de mentiras. Nos hace falta. 

Y en el camino de vuelta, caminando porque estaba cansada de huir y correr. Me encontré con un maestro que me enseñó la importancia de la risa y otro el milagro de vivir. Me encontré con la verdad del ser y el pretender (y qué difícil es diferenciarlas). Me encontré con brazos llenos de abrazos que olían a esa paz que debía ser hogar. Con palabras, mi idioma. Mis preciadas palabras. 

ya nada me ata, nunca debió hacerlo. Y sin embargo en este tiempo encontré hogar, que me llena y hoy, en el mismo lugar, al que sin duda he vuelto, con los pies rotos de tanto correr. Soy feliz. Y crezco y estoy, sin huir. Aunque me vaya, no corro más. 

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-de esos días-

de esos días donde me arrancabas la inocencia y bastaba un par de besos desnudos para devolverla, cuando debías desnudarme el alma por completo mucho antes de desvestirme. De esos días donde los lunares de tu espalda formaban constelaciones. Y tus labios se esbozaban de la forma más dulce y tras un gemido, un te amo. 

Aquella cama y la silueta de tu cuerpo al resplandor de la ventana, madrugadas de colores a oscuras, mariposas que revoloteaban. Tu orgullo en la puerta, tu amor a flor de piel, tu pecho; caja de música que calma. Imposible no contemplar la perfección de tu desnudez, observo, siempre lo hago y sonríes, con esa sonrisa a medias que te caracteriza, con esa mirada que brillaba aún en plena oscuridad. 

Y yo, postrada ante la certeza de ser ese el único lugar donde debo estar, petrificada ante el miedo tangible de perderte. Al roce de tus manos, suelto el miedo, al compás de tu corazón mis latidos van galopando, al ritmo de tu aliento voy, detrás, siguiéndolo. Me va faltando el aire mientras te estoy pensando. 

-poesía-

corrí, al verte llegar, mojé mi vestido. Poco importó.

corrí sintiendo que más nunca volvía a verte, que se acababa el perfume de tus recuerdos, que cada vez tu boca estaba más distante, tus besos más amargos, que los te amo ya ni siquiera querían decir lo siento. Corrí, como buscándote, queriendo alcanzarte, pero… ya era tarde, llegué tarde y vos, ya estabas muy lejos.

Sonreíste, y pude verte. Pude ver esa sonrisa que era tuya y también mía, tus ojos que se iluminaban desde lejos, y a su vez, toda la poesía que los mismos delataban -o relataban- cómo escribo poesía sin hablar de tus ojos, me pregunté. Dudando…

Sin saber siquiera si eso existe.

Tus ojos, entre tantas cosas, solo eso me pesa. Tus ojos llenos de historias, de lágrimas, de vida, de a-Dios.

Sigo despidiéndome, diciendo adiós cuando te veo, sosteniendo en una palabra -la última-
-Esta vez sí-

me digo a mí misma cada noche que te encuentro. Hasta en los sueños.

El oráculo ya no habla, la estupidez es incurable para quien se sabe estúpido, escuché decirle.

Te contemplo desde lejos, tu sonrisa que hoy vacila, tu perfume desde mi almohada que saluda y me acaricia, que me dice: me haces falta y que anuncia, como siempre. Una cuenta regresiva.

Tiempos de luna, los que paso, sin tus besos, tiempos de luna sin tus ojos; vida mía.

-cuando llegue a Marte- 

cuando no nos quede nada, nada por sentir y quizá nada por olvidar. Cuando la palabra eventualmente se borre de nuestra memoria y nuestra lengua no sepa sincronizarse con nuestros labios para pronunciarla, ese mismo día te volveré a amar.

Volveré a amar tus manos, siempre firmes, siempre fuertes, aquellas manos que fueron testigo de tantas hazañas y despedidas, de aquellas noches de desvelo, de lujuria y a su vez manos suicidas.

cuando se borre de mi mente el color de tus ojos, color cielo, el caleidoscopio que formaban tus pupilas al verme y nuestras incontables noches de hadas, magia y vino. Cuando la magia deje de ser blanca y sus rastros desaparezcan de mi vida. Cuando despierte y pueda explicar los morados de mi cuerpo, cuando dejen de tener nombre -tu nombre-

cuando la única certeza que nos quede sea la duda de nuestros disfraces, cuando te llame mío sabiendo a qué juego, sin tener que preguntar-te a qué jugás vos…

Cuando cese el viento, cuando aprenda a amarme, cuando llegue a Marte y no a Plutón. Cuando la luna deje de ponerse, cuando la niña de la falda y el listón ya no baile a lo loco.

Cuando ya no me pierda más.

Quizá

Ese día

Vuelva a Marte

O te comience a amar.