-diarios, adicciones y desvelos. Día dos- 

¿Qué pasará cuando ya no seamos ni tú, ni yo y volvamos a encontrarnos? Cuando sea el momento indicado. Quizá en otra vida.

– esperar, tal vez. Comentaste. Como leyendo mis pensamientos, como si fueras a reconocerme en otros ojos, porque siempre serán los míos.

tus pupilas se dilatarán -o me delatarán– dijiste de nuevo, mientras sonreías.

Cómo te explicaba que ya no se dilatan, pero jamás vas a verles por lo azabache de mis ojos. No sabía cómo decirle que ya no lo amaba aunque lo extrañara. Que mis pupilas ya jamás se dilatarían porque no era a él quien veía, que ante su respuesta constante de que las etiquetas limitarían todo lo que podríamos llegar a ser, nos quedamos siempre en futuro y a su vez, en nuestro presente, inestable.

– ¿Qué pasará cuando ya no seamos? Preguntaste mientras desviaba mi mirada, como no queriendo responder que ya no somos desde el momento en el cual deje de preguntarlo.

Recuerdos respondí, tan sincera y educada como mis palabras sabían llevarme, con esa linda manera de esquivar las cosas que mi consciencia trataba de evitar por el miedo incesante a herir. ¿Herir a quién? Me pregunté. Dudando en responder. Porque no sabría si ser recuerdos sería herirte o herirme, simplemente por el hecho de saber, que más que eso, no somos, ni seremos más.

Anuncios

-diarios, adicciones y desvelos. Día 1- 

¿Para qué cielo si con tus ojos tengo la constelación de Aries a mi alcance?

Le dije… como diciéndole todo lo que le amaba y no podía decirle, como describiéndole perfectamente en aquella oración, mientras él, pensaba en mi obsesión con las estrellas y los signos. Mientras yo, sabía que quizá no iba a entenderme. Poco después comenté que la constelación de Aries eran las dos estrellas más brillantes en el cielo -sabía que jamás se atrevería a comentar por qué le comparaba- incluso las confunden con cuatro estrellas juntas, pensó que hablaba de su aura y no de lo mucho que me gustaba estar con él o apreciaba contemplarle

Respondía a mis miradas como si no le costara entenderlas, como si ya en otros tiempos le hubiera explicado explícitamente lo que significaba cada una de ellas. Decía que la desnudez iba mucho más allá de quitarnos la ropa, yo sabía que ya me había desnudado hasta el alma sin siquiera desvestirme. Le comenté lo que pensaba de Satán y como el infierno simplemente nos hacía apreciar el cielo, nos hacía dignos de él. Me dijo entonces, que mis besos eran infierno, simplemente por mostrarle lo terrenal que era este mundo y como el cielo significaría tenerlos para siempre. Por otro lado mi infierno eran solo dos palabras, sin sentirlas.

Palabras recordé, palabras menos, palabras más, palabras siempre. Siempre importantes. Y comencé de nuevo, así, a hablar sin pausas, con muchas comas, como sintiendo, como queriendo decir todo lo que estos meses me había guardado, todo lo que jamás pude decirle, todo lo que de golpe quise decir. ¿Qué tanto extrañas lo que dices que extrañas? Al fin logré preguntarle y esta vez no, no era una pregunta que había pensado; a veces no sé de qué me hablas, logró responder. Sonreí mientras veía como su mirada se perdía mientras su mente divagaba quién sabe por qué lugar –es imposible no ir a algún lugar al escuchar esa pregunta, le dije– volvió, como extrañado pero sonriendo, al fin respondiendo: la verdad, no sé cuánto la extraño. Sé que de saber podría no saber miles de cosas pero aquello era una mentira que a sus mismos labios le costaba pronunciar.

Te extraño finalmente dijo una voz en la lejanía, casi sin escucharse. Era la voz de un niño pequeño que parecía tener años abandonado en ese pecho, creo que llevamos demasiado tiempo jugando ser mayores, respondí. Mientras pensaba en mis proyecciones y como esta definitivamente era una de ellas. Comencé a pensar en lugares, en aquella niña que se quedó esperando el último abrazo y esas dos palabras sin ser infierno. Me quedé pensando en cómo la pregunta se re-formulaba para preguntarme ¿Cuánto te extrañas cuando te das cuenta que te extrañas? Y esta vez yo tampoco tenía respuesta para ello. Espejos, estrellas, la luna y planetas que no alcanzaremos jamás, aunque no paremos de fantasear con ellos.

Estrellas; tus ojos, la luna; tu sonrisa y tu mente aquel lugar de la galaxia del cual todos se preguntan. Te amo, finalmente logré decirle sin tener que llevarle al infierno. Tomé el mejor de mis abrazos y lo entregué, como quien entrega el mejor de sus abrazos a quien le espera bajo la lluvia para el futuro. Como aquella carta que tanto me gusta, como todas esas cosas que no sé cómo compartir con vos.

Terminé de escribir y me miraste desconcertado, repitiendo nuevamente: a veces no sé de qué hablas, tampoco con quién lo haces.

¿A quién escribo? Me pregunté sonriendo, sabiendo que lo que es tuyo, aunque lo abandones, siempre busca su manera de volver.