-annie-

Cada martes Annie hacia una nueva pregunta. Tenía tres años cuando descubrió que yo escribía todo lo que veía y por supuesto cada una de sus dudas, porque todas eran muy elocuentes. A los seis me preguntó sobre la existencia de la magia, casi cinco años después, tras conocerle fue que pude responderle.

Todos los martes me esperaba sentada en su mecedora con un cuaderno que parecía contener todas sus dudas, este miércoles decidió adelantarse casi una semana. La verdad no sé si la pregunta se debía a su falta de paciencia o a mi cara de felicidad, lo cierto es que ella era mi principito y yo debía responder todas y cada una de ellas.

Aclaró su garganta y me miró con sus grandes ojos color café, hizo una pausa como si estuviera tratando de encontrar las palabras adecuadas y finalmente preguntó: ¿Crees que le has encontrado? No supe qué responderle puesto que ni siquiera sabía de qué me estaba hablando. Sin embargo para ella parecía más que obvio.

Hace cinco años había aprendido a leer y hace tres a comprender la mayoría de las palabras que yo escribía, sacó mi diario de sueños y señaló la página donde estaba dibujado el ángel del destino. Sonreí y le respondí que no quería precipitarme a los hechos, pero ella simplemente quería que le dijera cómo encontraba toda la magia que en mi falta de inocencia había perdido en tan solo una sonrisa.

Sus preguntas siempre me ponían en aprietos y me hacían darme cuenta que no era tan buena con las palabras como yo creía. Esta vez la que sonrió fue ella y me dijo –verás- desde aquella noche que te vi llorar mientras le rogabas a tu techo que por favor te permitiera cerrar los ojos para siempre, he estado haciendo mi propia magia. Descubrí que te gustaban las estrellas en los ojos y unas luces en los dientes (bastante extraño la verdad), pero tranquila me encargué de que fueran blancas. También busque unas manos grandes como las de papá porque para ti parecen ser muy importantes, y le dibuje un perro al lado porque sé lo mucho que te gusta. Quería hacerlo de azúcar pero pensé que podría derretirse en la lluvia, entonces de azúcar solo es su corazón.

Había tantas lágrimas en mis ojos ante tal respuesta que definitivamente la felicidad era ese momento y toda su inocencia. Annie al verme llorar me abrazó susurrando que le había dibujado un paraguas a su corazón y no tenía mucho de qué preocuparme.

Entonces le respondí que sí, que creía haberlo encontrado, que sus ojos eran las estrellas más brillantes y su sonrisa podría encender avenidas enteras, incluso las de esta ciudad, aunque no hablara de mí, sus manos eran casi tan hermosas como las de mi padre, y su corazón de azúcar, protegido con el paraguas que ella había construido, estaba adornado con flores de mil colores y palabras que se habían quedado grabadas en él, sin duda era la obra de arte más hermosa que mi alma había podido apreciar. Por supuesto ama a los perros –y a casi cualquier ser viviente-.

Annie sonrío con una de esas sonrisas que más que avenidas alumbrarían el mundo entero, diciendo ¡GENIAL! Sabía que la magia no la tenías solo tú.

Su sonrisa se quedó grabada de manera permanente en mi memoria, podría escribir tantas cosas de su sonrisa, que quizá no me alcanzarían las palabras, y es que hay que verla para entenderla. Llegó el martes y Annie no tenía más preguntas, ojee su cuaderno y me encontré con esto.

“nota para Annie del futuro: jamás nos enamoremos de corazones de hielo, llegan a derretir nuestro corazón de azúcar e incluso a veces lo vuelven frio, y la verdad es que no hay muchas niñas por ahí construyendo paraguas o mantas térmicas para proteger los corazones de la gente. Tampoco queremos hablarle al techo, porque el mundo pensaría que estamos más que locos. Creo que debemos buscar estrellas en los ojos de la gente, aunque hasta ahora solo los he encontrado en sus ojos y en los de papá.”

Perdí mi inocencia en el camino pensando que era inevitable perderle, que la vida estaba hecha para eso y no debía lamentarme ni intentar recuperarla. La encontré en el diario de una niña que le dibuja corazas a los corazones de la gente. Y pensar que hace no tanto fui esa niña, que quería conservar cada corazón en una caja de cristal para que nadie pudiera romperles. Pero la vida pasa, aunque sigamos pidiéndole al techo que nos quite la vida.

Espero que Annie pueda darse cuenta que la única forma de resguardar nuestro corazón es dibujando nuestros propios paraguas y encontrando la magia en uno mismo. Después de todo esto, el chico de las estrellas en los ojos vendrá antes de lo esperado y nuestros diarios se basarán en frases que digan –solo debes creer en ti mismo-

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