-lo más divertido de nuestros queridos alguien es que nunca pasan por aquí-

 

Catarsis

Tomo el teléfono

Intenté no hacerlo pero de alguna forma soy así, impulsiva, y debo confesar: que no sé qué estoy haciendo, pero me pregunto si alguna vez lo he sabido, y entre lágrimas sonrío. Marco un número que parece estar tatuado en mi memoria y al escucharle tono me sorprendo –porque por vez primera no espero- o quizá sí esperaba, pero todo lo contrario.

Me sorprendo al descubrir como un simple aparatito es la forma más fácil de viajar en el tiempo, escucho el susurro de tu voz y me doy cuenta que quizá es algo que nunca he de olvidar. Esto me calma y me atormenta porque siempre tuve miedo de olvidar algunas voces. Escucho la tuya y rápidamente es febrero, febrero cargado de lluvias de no tan lindas tormentas, pero luego llega abril –sí, así, a brincos- y empieza la calma, mientras las horas se convierten en mayo y llega junio –junio que siempre ha de ser perfecto-. Y sé que es octubre pero juro que en las noches al llorar estoy de nuevo en un enero, frío, similar al invierno que tus brazos nunca supieron ser.

Y recuerdo que tu voz es el boleto directo al cielo que en letras tan pequeñas que casi se olvidan, dicen que no hay manera de zafarse del infierno que traerá el recuerdo de tus besos. Y aun así lo tomas –lo he tomado tantas veces- porque sé que es mejor arrepentirse de lo que ya está hecho. Y en tu cielo y mis recuerdos –ese estado entre cielo e infierno que no sé cómo ha de llamarse, pero tiene nuestros nombres en él- encuentro de nuevo ese sabor agridulce en la tristeza. Y debo confesarlo, es delicioso. Es delicioso encontrar las palabras adecuadas y colocarlas en aquellas cartas que sé que nunca mandaré y lucho, lucho tratando de mantener mi teoría que desde la felicidad se escribe mejor.

Mientras me pregunto ¿qué hago, dónde estoy, quién soy? Me pregunto, como sé que te preguntas. Mis respuestas no son muy diferentes a las tuyas, porque tampoco las tengo. Por el contrario tú, que te desnudas y te desnudo –casi sin darme cuenta, y hasta sin querer- solamente con el leve matiz que tiene tu voz al mentir. Pero simulo creerte, porque siempre nos ha hecho bien ¿no?

Pero me pregunto, me pregunto si también te preguntas.

Y sé que todavía me es imposible responder lo obvio –porque ya deberías saberlo- y quizá sí, quizá algún día envíe miles de palabras –no tan desordenadas- con las respuestas. Y mi firme convicción de que al igual que esta carta, no has de leerlas.

Mientras que en mis manos esas cartas hacen estragos, -y las que todavía quedan- han sido leídas una y otra vez.

Escribo, dreno y siento. Aunque todavía me quede tanto por decir.

Tantas cosas que no me atrevo a sacar de mi mente, tanto veneno que lucho por no escupir. Y orgullosa te digo que hemos llegado tan lejos –que vale la pena más tragárselo y dejarlo ir- cada tanto despojándonos de nuestras capas irreales, sabiendo que algún día nuestras verdades saldrán casi tan fácil como nuestro orgullo.

La luz está encendida y finjo no verte, simplemente porque no quieres. Y es que así funciona –o así funciono-

Algún día seré capaz de decir incluso lo que creo obvio, mientras me abstengo de volver al pasado, que por ser pasado es así, fugaz. Y por primera vez escribo sobre ti. Hay un montón de palabras para un pasado que solo es esto, palabras puestas en un lienzo en blanco… un correo que nunca ha de enviarse y de lo contrario jamás será leído. La pila de cartas con el mismo destinatario que en cada letra va revelándose ante ti y te va mostrando el secreto del enigma que se ha vuelto mi verdad.

Por un lado, estás tú, mirándome desde lejos con las preguntas que solo tu ego es capaz de responder. Por otro lado estoy yo –aquí- no tan lejos preguntándome de qué va tu felicidad, o si eres realmente feliz.

Y aquí una pequeña pista sobre el comienzo de todo.

La culpa, esa palabra que tanto odio, nos asecha –o por lo menos a mí me pasa- cuando nos encargamos de hacer a alguien infeliz o arrancar su felicidad de raíz. Y a algunos les bastan las flores, una carta –o en mi caso miles-, una llamada, un helado y mil verdades. Otros solo buscan una mentira que lo cambie todo, que los libere para poder dejarlo ir.

¿A quién escribo? Qué pregunta más absurda, y es que acaso no hay un blog que ya se llama así…

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-felicidad como filosofía, no solo estado de ánimo-

Vivo y soy feliz. Estoy convencida de eso, con la certeza que no sentía desde hace tantos inviernos en aquella cama, con esa que no nos mata, la misma que no hace dudar porque surge solo del vivir.

Vivo y sonrío, dándome cuenta que jamás había vivido hasta que estas piedras decidieron hablarme, dándome cuenta que el pasado era un lugar demasiado cómodo y  a la vez efímero, como aquella vela que se consumió tan solo al escuchar tu nombre. Vivo y me doy cuenta que esta felicidad no la había sentido antes, pensando en el pasado que ya no volvía y el futuro que cada vez más se alejaba.

Y lloro como jamás había llorado, como esa mujer que por vez primera reconoce la cara de la felicidad ante un espejo, en sus propias palabras, como la niña que se da palmadas en el hombro sabiendo que algo ha hecho bien, como ese ser que observa a quienes le rodea y no podría estar más orgulloso de él y su entorno.

Hoy sé que el cielo no es solamente después de la vida, que mientras se viva bien puede tocarse el cielo tantas veces se quiera, según las sonrisas que se encuentre.

Tropiezo vivo y sonrío, feliz como no lo había sido antes, feliz como ahora soy, sabiendo que no es simplemente un estado del cual un detalle cualquiera podría sacarme, sabiendo que la felicidad se escoge como estilo de vida.

Este es mi cielo, cielo que se ha llenado de tormentas simplemente porque son las cantidades de pensamientos que me abarcan, los que forman diversas ideas, porque amo la lluvia y siento que del caos y las tormentas nacen las mejores situaciones, las mejores ideas.

Cielo que cada domingo compruebo, puedo tocarlo, que cada vez me animo más y me doy cuenta que no estoy feliz –solamente- sino que soy feliz, con esa certeza que no perturba ni un poco porque esta felicidad que brota de mi ser, la que hoy en día –con mis rituales locos- me caracteriza, está movida por una fuerza que lleva mi nombre, fuerza que ningún otro podrá apagar.

Sonrío observando la vida y me di cuenta que no pude escoger mejores personas para compartirme, que cada día, trae un nuevo amanecer –lleno de oportunidades- que la felicidad no depende de vos sino de mí y que el futuro es algo que por su mismo concepto cada día se aleja más y el presente, el presente es todo lo que tengo, es quien soy.

Hoy, el día más feliz del año –y de mi vida- como todos en adelante, agradezco a la piedra que me habló y a las luces que decidieron guiarme, luces que espero compartir eternamente y de manera mutua iluminarnos. No lloro por los que no están, porque los que verdaderamente nos aman de alguna forma siempre se presentan. Y le agradezco a la vida, a ese ser que juega con sus fichas para darle un empujón a las mías, por poner a seres tan llenos de luz en mi camino.

Nuevamente me sorprendo, de ser merecedora de tanta luz –y es que algo debo estar haciendo muy bien-

Miles de gracias a todas las luces que se han topado en mi camino, tú que lees esto eres una de ellas. Gracias por permitir compartirme, por formar parte de mi cielo y entre este cielo que hoy te invito conmigo a tocar, mi felicidad.

Ser feliz es una decisión y hoy lo entiendo, y qué bonito es tomar la felicidad como estilo de vida. La vela del pasado en el presente rápido se consume, y es que no importa, la del futuro casi ni se toma en cuenta, pero el presente, el presente importa porque es el granito de arena que ponemos hoy, ese aliento de vida que soplamos, para darle pie a todas nuestras metas y esperanza.

Gracias, gracias, gracias, por compartir estas tormentas.

-amores imposibles, creo que le llaman-

Fuimos la perfección puesta en letras, en el conjunto de sucesos necesarios que el destino puso en mi camino para llamarte amor, mientras el tiempo se encargaba de agregarle, a aquel hermoso título, la palabra que tanto nos cuenta aceptar –imposibles-.

Tú, la idea de lo que siempre quise –y he querido-. Nosotros esa persona que juntos, jamás conjugaremos y ese je ne sais quoi que quizá, fue demasiado ne sais, como para atreverse. Sin embargo te quise, te quise como se quiere lo desconocido, con ese fervor y esas ganas por conocerle.

Con esas ganas de llamarte mío, de tomados de la mano conquistar el mundo, de contigo admitir que me olvidaba de él –quizá-. Te quise, con el conjunto de imperfecciones que a tu lado parecían perfectas, donde nuestros sueños parecían reales.  No fue, lo sé –no fuimos- pero te recuerdo, te recuerdo con la nostalgia de un ayer y la pregunta incesante de qué hubiera pasado. Te recuerdo con el sabor que en mi boca plantaron los besos que nunca nos dimos, los amaneceres que juntos no llegamos a ver, te recuerdo con la ilusión que solo poseen los recuerdos de lo que no fue.

Ahora –y tal vez hoy- somos dos aunque por un instante juré que éramos uno y lo comprendo, lo comprendo mientras sonrío dejando correr en el río del olvido las ansias por conocerte. Comprendiendo que el amor como la energía, no se muere solo se transforma, transformándote a ti en recuerdo, sin nostalgia, en algo lindo –como lo que siempre has sido-.

Y me río, ya que cada vez que te encuentro me sonríes, como preguntándote si he seguido con mi vida, como tratando de descifrar con la mirada si soy la misma chica que se desvela contando tus pecas, escribiéndote cartas o comprándote risas.

Te sonrío –como siempre- y te das cuenta que lo soy, aunque simule no conocerte. Y es que quizá la corriente del rio del olvido, ha hecho muy bien su trabajo, y es que tal vez le perdí batalla al tiempo, no quise seguir luchando y decidí danzar con él.

Es miércoles y te encuentro. Te encuentro en aquel bar al que solo iba los miércoles para verte cantar, y sonrío, pero esta vez es diferente, te sonrío con la sonrisa amable que se le presta a un extraño, con la inocencia de no saber qué hace algún tiempo te soñaba mío, con la certeza de que nosotros no es la persona que en este tiempo deseo conjugar.

La melodía de tu voz, hace que mi seguridad flaquee un momento, y en ese instante recuerdo y comprendo. Sigo caminando y sonriendo. Sin buscar culpables, sin desviar la mirada y sin mirar hacia atrás. Comprendo, que la vida pasa, que el amor aunque se sienta –a veces- es fugaz, que el camino continuo, y que mi sonrisa todavía te hace dudar. Cada vez que por ese pasillo –que tanto frecuentas- te la encuentras y te hace pensar, qué hubiera pasado si nosotros hubiésemos sido más je sais que ne sais quoi.

-domingo de tormentas-

Llueve, este domingo llueve dentro de mí.

Se siente muy diferente a cualquier otro domingo donde frente a la mayor tormenta solamente soy capaz de vislumbrar un arcoíris, sin embargo, hoy la realidad me despierta. Me despierta y me avergüenza darme cuenta que aún estamos dormidos, distraídos de la vida y lo que nos rodea.

Todo pasa, siempre lo digo. Pasa la relación que te hace daño, la molestia del recuerdo, los viernes a las veintitrés se convierten en sábados a primera hora, absolutamente todo pasa. También la vida, la vida pasa y nos pasa por encima mientras estamos dormidos.

Pasa mientras planificamos ese momento que no vamos a disfrutar por estar pensando en otro momento, pasa mientras me sumerjo en el rencor, en las ganas de no perdonarme, pasa cuando me pasas y me guarde tantas palabras que ya no puedo decir.

Pasa la vida y el tiempo no es suficiente –y es que nunca lo es- y me quedo, me quedo con el montón de palabras que ahora no sé cómo hacerte llegar, me quedo con estas palabras que para mí nunca serán suficientes, me quedo con las ganas de hacerte reír hasta llorar. Me quedo con el orgullo que hoy no me alcanza ni para secarme las lágrimas.

Con un exceso de palabras que no sé ni siquiera cómo acomodarlas de tal manera que sean capaz de rendirte homenaje, porque ante la vida las palabras no son nada. Sin embargo, hoy mientras llueve y todavía no consigo el arcoíris, despierto.

Despierto encontrando el perdón que tanto tiempo estuvo escondido, despierto sintiendo este dolor –viviendo el momento- despierto sin pensar en hipótesis, aceptando la vida, tal y cómo viene. Despierto tratando de despertarlos.

Sé que hay un mundo fuera de la venta, más allá de mis tormentas. Un mundo donde hay arcoíris porque hay sol y hay tormentas. Un mundo donde las palabras se dicen sin pensar cuan intensos lleguemos a ser, un mundo donde mientras no hagamos daño, no nos quedemos con nada. Y aunque el tiempo jamás sea suficiente siempre será perfecto.

Me pasó la vida y te fuiste. Te fuiste y me quedé con el rencor que no me alcanzó para nada y con estas palabras que viven arañando mi garganta, haciéndole pucheros a mis ganas de llorar. Te fuiste y te recuerdo cada tanto –por no decir todos los días- y mientras te olvido quizá hasta me castigo.

Y está bien, está perfectamente bien darme cuenta que está mal. Que estuvo mal llenarme de rencores y cegarme ante la vida. Que estuvo mal guardarme los te amo que te pude demostrar. Y que aunque ya no sé si valga, quiero compartirme más.

Me pasó la vida y me enseñaste, que no importa cuán intensa llegue a ser –esa siempre seré yo- que gritamos las palabras, porque sabemos que si no es así nos acosan. Que vivimos a la gente –intensamente- porque tenemos la certeza de que algún día ya no estarán.

Hoy es domingo y despierto. Despierto permitiéndome actuar sin pensar en el qué dirán. Despierto observando al mundo ¡ya basta de solo mirar! Despierto mojándome en la lluvia de todas mis tormentas, dejando de lado al miedo. Despierto escuchando toda la música que con tu partida puse en pausa o en stop lo cual es peor. Despierto soltando rencores, abrazando al perdón.

Las palabras no nos llenan. El tiempo deja de ser suficiente. El orgullo no nos sirve ni de pañuelo para nuestras lágrimas. Y la vida pasa, y tú qué. ¿De verdad vas a abstenerte de vivirla?

Qué lindas se han vuelto las tormentas, incluso dentro de mí, desde el momento en el cual salí a bailar en la lluvia.

Esta reflexión es para ti, que tuviste la oportunidad de verme bailando en mis tormentas, sonriéndole al sol y ahogándome en las mismas. A ti que me enseñaste que perder siempre es ganar, que estuviste conmigo aun cuando ni yo quise estar. A ti, aunque las palabras nunca me alcancen para describirte. Esto es para ti que sostuviste mi mano y me ayudaste a despertar.

Gracias por todo, papá.

-hadas no tan pequeñas y ángeles sin alas-

-A quienes van por el mundo salvando vidas- y –A quienes esperan por ese alguien que les ayude a salvarse-

Hay gente buena en el mundo, aunque la palabra buena no sea suficiente, lo importante es que la hay. Gente que tornará tu paso por él inolvidable, personas que harán que todo valga la pena (incluso las penas) tan solo en un instante, solo si tienes la dicha de conocerles. Y justo en ese preciso instante, lo entiendes todo.

Entiendes que el mundo tiene sentido, que no hay una sola razón para no querer vivir, y que todo tiene su razón de -ser- y no volverás a ese alguien tu mundo -porque no son del tipo que crean dependencia- simplemente son seres mágicos o de otros planetas que te hacen sentir como aquella amada del ser no terrestre que pasó su jornada en la tierra solo escribiéndole a un amor de otras vidas y galaxias, que sin destiempo un día encontró aquí. Sí, aquí, en este mismo suelo que hoy camino. Personas que te harán desear tener aunque sea la posibilidad de ser aspirantes a un recuerdo, a un pedacito de la vida, del vivir.

Y creo que la emoción de los regalos, esas mañanas de un veinticinco no son ni un cuarto de lo que hoy siento. La felicidad de toparme con lo que mi ser encuentra increíble, de no poder creer que hoy yo -a quien muy bien no conozco- tiene la dicha de encontrarse seres que en una fracción de segundo marquen huellas indelebles en mi memoria que todo lo guarda, todo lo atesora, todo lo recuerda.

Y entre tanta luz -que se irradia y se comparte- me pierdo, me pierdo entre las letras sin encontrar las palabras para poder expresarme y me sigo maravillando, una y otra vez, dejando de luchar contra la utopía de describir lo inefable, que se han vuelto los domingos, todas mis tormentas.

Día a día voy recuperando la fe en la magia que perdí mientras crecía. Esa magia que me hizo creer en las hadas que nunca vi -como en los cuentos- la misma que me hizo pensar que el peor de mis días era increíble si tan solo lograba una sonrisa. La misma magia que hoy me demuestra que quizá las hadas no vuelan, pero sí que te hacen volar con sus traviesas palabras, y que aunque los ángeles oculten sus alas para no ser descubiertos, aquella luz que irradian los delata.

Llego a casa y sigo intentando, sí, intento. Aunque sé que no encontraré las palabras, aunque nada les haga justicia. Lo intento. Porque de alguna forma tengo que agradecer -y recordar- estas nuevas tormentas y tan agradable lluvia. Porque el bolígrafo ahora anda solo y quien le da cuerda ahora se hace llamar vida. Porque tengo la certeza de que la magia existe y la he visto en una sonrisa con nombre de mujer, que al mismo tiempo me ha hecho creer en el amor.

Y sigo entendiendo aunque no entienda aprehendiendo, porque lo tomo como propio, el significado del amor, sonriendo a quienes más que lluvia son tormentas, amando solo porque existen. Aprendiendo que tanto podría ser una noche, porque no es cuestión de tiempo y para todo la vida, quizá dos días.

Sé que en otras vidas voy a encontrarles -lo anhelo- y los reconoceré. Los reconoceré como esas almas libres que tocaron mi puerta para liberar la mía, para hacerme sentir viva. Aquellas que dejaron que mi espíritu danzara en la lluvia y saliera corriendo, para demostrarme que la dicha existe y que la certeza de estar en el lugar correcto, puede encontrarse en un pequeño –muy pequeño- momento y durar toda la vida. Que no somos algo planeado, pero que nuestro encuentro ha de escribirse en ese papel en blanco donde se dibuja nuestro destino, con la necesidad del lenguaje -saben que hablo de palabras- esas que nunca van a faltarme, pero que siempre han de quedarme cortas. Por eso el mismo papel se quedó en blanco, pero lleno de magia. En blanco porque aunque intentara no habría palabra existente para recontar lo maravilloso del momento. Momento en el cual dejo de ser yo para de nuevo serlo –y por vez primera reconocerme ante un espejo- en esta, mi forma humana. Aunque mi letra ya no la entienda, porque estos versos con el fin de compartirse, se escriben solos. Ellas que danzan en estas manos, solo para darme el placer de recordarle.

Me despido, casi sin coherencia. Agradeciendo al mundo, por traerme en sí. Y a la luna por ser testigo y responsable, de que estos seres luz de luna, se cruzaran en mi camino.

Nuevamente sin decir adiós, me despido, como siempre con cartas y por cierto no sé si has de saberlo pero si algún día, miras de lleno, sin ego. Descubrirás que tú más grande héroe se encuentra en el espejo. Y entenderás la frase -ojalá puedas verte, como yo te veo-

À la vie tôt.