-cuestionándome lo absurdo de saltar al mismo abismo, una y otra vez-

El post a continuación es algo bastante personal, más una pelea entre mis pensamientos y una conversación con ustedes, un monólogo exteriorizado en el intento de no volver a desvariar.

Llevo días, quizá meses, preguntándome qué pasa con nuestra mente –o por lo menos con la mía- que nos juega tan malas pasadas, hasta el punto que nos hace irnos de un lugar por la puerta grande, pero manteniendo la de atrás abierta. Ya saben, para mantener la fachada y que nadie nos vea entrar y salir –como siempre ha sido-.

Qué pasa que decidiste moverte pero en el movimiento te quedaste observando con la esperanza de que el cambio –que en tu mente siempre tuvo que haberse hecho- suceda y que aunque tú sabes que no solamente fuiste tú, de verdad lo seas. Pensar que fuiste tú para que –por lo menos- tanto dolor haya valido la pena.

Cuando tenemos que entender que sí, a veces somos hasta los dos, pero algunas personas no están destinadas a ser y otras no tienen la capacidad para amar. Esto último es difícil de entender, pero es cierto. La gente vive repitiendo una serie de frases que van así “si tú no te amas, nadie te amará” o “¿cómo te van a querer si ni tu misma lo haces?” y por supuesto no puede faltar la de la –otra coña- “quiérete un poquito, das pena” después de meses de analizar frases como estas y más… me di cuenta que no es que nadie te va a amar si tú no te amas, porque hay amores que son incondicionales desde el primer momento en el que se cruzan las miradas, es el hecho de que si no nos amamos nosotros mismos, jamás podremos sentirnos merecedores de otro tipo de amor y aquí empiezan las inseguridades, y con las inseguridades las peleas y con las peleas en una relación amorosa la popular cuaima (creo que este término es venezolanísimo).

Entonces cómo es posible salir de un lugar, por voluntad propia, nada más que las situaciones y un pensamiento cuerdo de obligación, porque por una fracción de segundo te atreves a apostar por ti, a creerte y justo después de ese paso –algo que ves como el abismo- donde ya no hay vuelta atrás tu mente empieza a jugártela, a cuestionarte, te sientes culpable y de golpe –por no decir inmediatamente después de saltar- deseas volver a la indolencia de no quererte, disque por ignorancia. Es como si el dolor de perder algo y sentirte mal por la decepción fuera la combinación perfecta para crear culpa. Como no me siento inmediatamente bien debe ser que estoy haciendo mal. *insertando signos de interrogación múltiples de manera desesperada*

Y es que cómo se abandona algo en lo que dejamos de creer y volver porque seguimos creyendo en ellos, está bien que seamos paradojas y oxímoron pero la cosa no es tan literal. No se puede seguir creyendo que será lo que no fue con nosotros, porque estamos viviendo de la idealización y no se ama lo que solo se idealiza. Por mucho que nos duela entender que verdaderamente no amamos a una persona y todavía al sol de hoy me pregunto ¿por qué descubrir que no amamos a alguien duele tanto? Y este dolor es uno sumamente egoísta, porque no te duele pensando en la otra persona, sino en ti y la especie de engaño que viviste. Es una frase muy parecida a ¿o sea que la persona de la cual me enamoré no existe? Egoísmo puro.

Verán, dicen que si alguna vez amaste a un árbol, sonreirás cuando este florezca –aunque no seas tú quien lo haga florecer- entonces ahí te quedas, simulado avanzar pero con el deseo febril de que aquel árbol florezca y sea feliz. Y está perfecto que los arboles florezcan que plantemos nuestros propios jardines e incluso nos reguemos nosotros mismos –que es lo que todos deberíamos hacer- pero qué pasa cuando el árbol ya no es árbol –porque no crece, no da sombra, no echa raíces,…- y se convierte en aquella calcomanía de la que hablaba la psiquiatra que tanto te molestó al escucharle decir que algunas personas no tienen la capacidad para amar.

Cito “es como uno de los stickers esos que le pones al cuaderno para identificarlos, si tienes uno nuevo va a pegar perfectamente, pero si agarras uno que ya ha sido utilizado ni que le eches pega va a pegar bien. Con el amor pasa lo mismo, si no tenemos esa pega no podemos pegarnos de manera óptima –es decir amar- y no importa con la fuerza que la otra persona intente pegarlo, no lo hará porque simplemente no tiene esa capacidad.” Según ella, esto obviamente era una especie de trastorno, pero está buena la metáfora.

Y a lo que quiero llegar con esto es que a veces estamos muy encaprichados –más que enamorados- con alguien, hasta el punto que aun dejándolos –por nuestro propio bien- nos sentimos culpables y queremos volver a repararlos –porque de paso para nosotros el pobre está dañado- (esto debe de ser un complejo de mamá pollito bastante fuerte), porque conocemos su historia y creemos que con un amor bonito y sincero vamos a cambiarlos.

Y es justo aquí donde se conecta todo, algunas personas entran en nuestra vida para enseñarnos lecciones, las aprendemos y aunque duela muchísimo dejarlas de lado –y esto suene muy despectivo- una vez que aprendemos la lección esas personas no nos llenan más, no hacen clic. Otras por el contrario no están hechas para nosotros, son esas personas que aunque sientas la lujuria más grande y puedan no sé, ser el mejor sexo de tu vida, juntos son letales, el uno para el otro.  También están las personas que no se aman y ningún amor le bastará y aunque intentes con tu mayor fuerza y con todas tus tácticas, no tienen la capacidad para amar porque jamás se sentirán merecedores de un amor –por lo tanto no podrán darlo- lo que quiero decir, es que no siempre somos nosotros los culpables de todos nuestros fracasos –esto aplica más que todo cuando depende de dos el fracaso- y no debemos atormentarnos por algo que no fue, aunque en nuestra mente pudo haber sido, y haber sido perfecto.

Y en ese preciso instante donde se combine el dolor con la decepción y nos sintamos mal, tenemos que entender la importancia de no volver. Porque volviendo estamos retrocediendo y ningún gran cambio, de estos personales, es fácil desde el principio. Así que toca reprimir un poco nuestras ganas absurdas de saltar al abismo, que bien conocemos su fondo, disque por amor y seguir el proceso tratando de perdonarnos por habernos puesto en ese lugar.

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