-salvando lo insalvable hemos rescatado mi sonrisa-

Es domingo –nuestro día favorito- y hemos decidido tentar nuestra suerte pasando por aquella calle que tantas veces me quitó la vida, aunque a tu lado –como siempre- siento que todo es posible.

Pasas el trayecto hablando de como la vida es un boomerang y ciertas personas nunca cambian, prosigues con el cliché perfecto que tus domingos siempre seré yo y de cómo –aunque queriendo- no debemos creerlo todo. Esto último me hace preguntarme si siempre seremos antítesis y oxímoron.

Me detengo justo en ese lugar… donde se encuentra aquel árbol al que sin cadenas me encadené. Me quedo viéndolo por un rato, juro que desvarío y estoy en ese lugar oscuro en el que tanto tiempo estuve de solo verlo y en el preciso momento en el que siento aquella sombra aproximarse me encuentro con tu brazo y la sensación de que atajaste mi mundo en el punto exacto antes de quebrarse, se repite.

Me pides que respire  y observe –como si ya no lo hubiera detallado antes- lo más importante es que estés presente dices… el árbol sigue igual pero a mi parecer no brinda tanta sombra como antes, incluso podría decirse que está a medio morir, hay otras personas encadenadas pero son tantas que no logro distinguir sus caras y mucho menos recordar sus nombres, creo que tratan de salvarle pero él no quiere ser salvado, aunque su copa más alta, justo donde llega la luz de la luna –y el sol- todavía florece. Supongo que eso me hace feliz. Te ríes y me miras como diciendo que es más fuerte que el odio y ambos sabemos que es algo literal.

Pasamos rápidamente lo que queda de aquella esquina –locos por salir de ahí- y es que ya hemos tentado demasiado a la suerte como para seguir jugando con ella. El aire que se respiraba del otro lado era completamente diferente y la prueba de fuego de no detenerme a salvar lo insalvable había pasado.

Y ahí estábamos tú y yo –contra el mundo quizá- y una luna llena que nos respaldaba.  La felicidad de saber que no hay espacio para otros nombres en nuestros labios, ni para una llamada más de domingo a las veintitrés me invade y en esas pequeñas cosas, soy feliz.

Es domingo y como siempre sigo escribiéndote, cual niña emocionada contando las horas para verte. Es domingo y tengo puesto este vestido de flores que tanto te encanta en conjunto con mi mejor sonrisa.

Al verme me susurras al oído riéndote –cómo haces para estar cada día más feliz- y te respondo sin titubear que se me hace imposible no sonreírle cada día más a la vida si te tengo a ti. Y al verte tengo la fiel convicción que aunque el mundo se oponga –como ya lo ha hecho- siempre serás tú.

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