-tú que hueles a felicidad-

Pasan los días y el recuerdo de aquella noche sigue intacto. Sigo yendo al bar donde cantabas con la esperanza de encontrar -té- y he escuchado que también me estás buscando. Temo que el destiempo no me ha dejado (re) encontrarnos, a veces creo, que más allá de este destiempo no estoy lista para ti, que hueles a felicidad y que sonríes como el mar más calmado y azul. Que no necesitas perder lo que tienes para comenzar a apreciarlo. Que conoces mis heridas como la palma de tu mano y has decidido reposar en ellas para luego besarlas.

Esa noche –ayer- fue distinto. Ambos teníamos ganas de encontrarnos y no había destiempo alguno que pudiera detenernos, yo no quería esconderme y tú que dices que no estamos para perder el tiempo. Te vi cantar y descubrí en tu voz esa dulce melodía que sé que solo yo he de escuchar, me miraste y supe que tu canción hablaba de la felicidad y que en ese preciso instante la felicidad no solamente eras tú, sino que también era yo. La felicidad éramos nosotros dos.

Supe de besos que sembraban sonetos enteros en mi cuerpo pero jamás de miradas que quemaran con la pasión que solo la tuya puede hacerlo, ni de melodías extraterrenales que transportan a otros mundos donde  solo seres tan mágicos como tú pueden estar.  Pedí otro de mis tragos –ya sabes que me gusta probar- y me armé de valor para invitarte al resto de mi vida con tan solo una mirada.

La noche casi terminaba pero no quería dejarte ir. Si lo sé, dices que son mis miedos y que –nada es demasiado bueno para ser real- pero aquí estás tú, frente a mí, repitiendo estas palabras y es la prueba ideal de que tu hipótesis no es correcta. Preguntaste si quería ir contigo y respondí que sí casi sin pensar.

En realidad pensaba en el resto de nuestras vidas, y en el sinfín de caminos que a tu lado recorrería, pero decidí sonreír y seguir fantaseando.

Recuerdo querer anotarlo todo porque no quería olvidar ni un solo detalle de esa noche –he aquí el propósito de este poema- pero en mi intento por recordar solo viene a mi mente el éxtasis de nuestra felicidad y de nuevo estoy fantaseando.

-cruzaría océanos por ti- dijiste casi balbuceando y bajito como para que no pudiera escucharte.  Respondí que a mí también me daba miedo quererte y supe que decir te quiero era más adecuado.  Cuando lo que en realidad quería decir era que más que cruzar océanos yo solo quería que estuviéramos en el mismo lago.

La realidad de nuestras distancias trajo una ola de tristeza increíble pero tu olor la matizó en segundos, entonces dijiste –tú que hueles a felicidad y tu voz me lleva a otra dimensión- y supe que quizá no éramos de planetas tan distintos. Justo en ese instante sé que estuvimos bajo la misma luna.

Comencé a acariciar tus labios y posar mis manos sobre tus cabellos. El pasado nunca había sido un tiempo tan imperfecto y lejano y por primera vez experimenté el placer de vivir el momento cuando el presente sabe a gloria. Contamos estrellas por horas –incluso las que no había- dejamos la ventana abierta para que la luz de la luna pudiera alumbrarnos y susurre, bastante claro, que estaría dispuesta a esperar trece lunas –nuevas- por ti, recuerdo dijiste que no me harías esperar ni una más.

Terminé la noche enumerando tus pecas, rogándole al universo que por favor estuvieras en lo cierto y que –nada fuera demasiado bueno para ser real- descubriendo que no quiero fantasear más contando océanos si puedo tenerte cada domingo a mi lado, y el silencio de nuestros mundos con solo voces de amor, fue increíblemente acogedor.

Hoy he vuelto a aquel bar tratando de encontrarte y sin la necesidad de trago alguno para invitarte con la mirada al resto de mi vida, para enumerar tus pecas y para inundar mi mundo con el aroma de tu olor a felicidad.

Y es que no me hace falta más tiempo para saber que eres tú.

Siempre has sido tú.

Anuncios

-escríbeme un poema-

Es domingo y la importancia es tanta que te has convertido en mi segundo post del día. Tengo este nudo en la garganta que hace mucho no sentía y me embargan unas ganas de llorar que hacen que mis decisiones sean dudosas.

Dos personas cuyas líneas se cruzaron –en este gran mundo de rectas- y cada día se vuelven más distintas o más distantes y ese pequeño punto donde –aun- convergen posee un reloj de arena que situación a situación acortan el tiempo que resta para que nuestras líneas dejen de tocarse. Y me voy perdiendo y a la vez te voy perdiendo a ti también.

Borré una foto tuya, como si así te borrara de mi vida… como si así dejaras de doler. Ni así, ni al rato –no me pasa todavía- pero pasa que después de tanto no puedo permitirme ni las ganas de llorar ni las de luchar yo sola y tú más que nadie deberías saberlo.

Que aunque te cueste –o no lo entiendas- así vengo –así soy- esta soy yo, este mi idioma, algo inherente a mí. Que soy mis dramas, mi poesía, mi maquillaje, mis canciones a medio cantar, la cerveza de los domingos, el carro a más de ochenta, el paso a menos de tres, la caja de cigarros a casi acabar. Que no puedo permitirle a alguien tomar lo mejor de mí sin aceptar lo demás, que las fiestas, la sonrisa y los consejos, también vienen acompañados de lágrimas y el deseo de que me escuches sin juzgar.

Pasa que no se si esto se acaba pero sé que ya no lucho más. Que vuelvo a blindarme el corazón, que los amigos son solo pocos y el problema nena no sos solo vos. Que no quiero más disculpas que traerán promesas incumplidas, que no me llena solo lo banal, que no puedo ser solamente la conversación de sexo por la tarde, el cigarro y el café, porque para mí ambos vienen con sabor a filosofía.

Que el lugar en mi corazón lo tendrás siempre y que te elegí muchas veces pero pareciera que hoy –o ayer- no nos elegimos más. Pero mejor no pienso en tu manera horrible de cantar y tus chistes malos porque quizá me arrepienta y no me dé la gana de no escucharlos más. Que quisiera decirte –pero no sé cómo- que no entiendo tu indiferencia cuando te hablo de dolor. Que cuando me pediste que te escribiera un poema estoy segura no querías que fuera este.

Que elegirnos es ambigüedad y oxímoron. Es elegir felicidad e indiferencia. Es elegir momentos agradables y también una ola de tristeza. Pero también es una bolsita sorpresa cuando elegimos luchar por todo lo que tenemos para dar.

Sin embargo debo confesar que aunque no sé si te elija de nuevo o vuelva, yo no quiero un Au Revoir sino un À bientôt con la peculiaridad que solo este tiene.  La seguridad de que -aun no sabiendo cuándo- tener la certeza de volver a verle o en nuestro caso volver a querer.

-cómo decir, después de haber dicho tanto- 

Digamos que te conocí en el momento exacto, cuando yo era la indicada y tú el correcto, cuando el destino nos llamaba. Digamos que soy tu Rosa y tu Mí Principito, que nunca fui un Baobab. Digamos que mi sonrisa es lo más lindo que has visto, que tus ojos y mis pestañas hacen la combinación perfecta en la mirada de nuestros hijos. Que a mi lado el tiempo para ti no existe. Que soy yo la que hace que esa canción tenga sentido, la única que sabe cómo tocarla… digamos que sí, que te encanta mi voz.

Digamos que nunca me quedé esperándote, que jamás tuve que recordarte el color de mis flores preferidas porque tú ya lo sabías, que para ti yo era la flor más linda que jamás habías visto. Digamos que a tu lado soy la única princesa y que no necesité corona alguna para probarlo.

Digamos que contigo no había voces extras, que con la tuya solo eran dos. Que estábamos en la misma página –y no en diferentes libros- que ninguno de tus besos me supo a despedida.

Supongamos que este poema no existe –aunque no exista si no lo estás leyendo- y que no le escribo a todo lo que pudimos llegar a ser. Porque el tiempo no era el correcto, yo no fui “the one” y me quedé atrás. Digamos que hoy no te olvidado y que no es otro quien toca la canción –o me la hace cantar- que no me quedé preguntándome cómo es que no volviste más. Digamos que ya no te lloro, que no camino ciertos pasillos con la esperanza de encontrarte y que mi luz no se opacó aquel lunes que dejé tu casa.

Digamos que me convertí en arte, en aquel libro que por primera vez terminaste de leer. Que soy la estrella que más brilla en tu ciudad –aunque la luz a veces no te permita verme- que ya no dices te amo porque te duele pensar en mí, que ella no habla nuestro idioma, no toca tus teclas. Que el olor en su cabello te hace pensar por qué no estoy yo ahí .Digamos que no decimos tanto y que cuando te encuentre no habrá otra en mi lugar.

Digamos “hasta luego” porque no quiero escuchar un “hasta nunca jamás” digamos tanto como podamos y que de tanto decir este poema quede sin acabar.

-tú: arte. En palabras-

He vuelto a divagar, incluso en clases dibujo corazones en cada espacio en blanco… como si así fuera a llenarlos de amor. Creo verte en cada cara y escuchar tu voz cada vez que alguien dice mi nombre ¿La verdad? Quiero creer que eres tú quien me llama, en mi esfuerzo constante por no olvidarme de tu voz.

Pasan los días, tú cada vez más presente, yo cada día más distante. Y es que si no estás tú cómo confiar en este mundo absurdo –ya casi sin sentido- por las noches no cuento ovejas ni estrellas, trato de enumerar tus pecas hasta dormirme y en mis sueños, ahí estás tú.

Alguien –no importa quién- me ha visto con la mirada perdida y ha decidido preguntarme cómo definiría el arte, he dicho tu nombre porque a tu lado descubrí el color. “No hay poesía escrita que pueda describir la belleza en su mirada, ni elegía que pueda explicar el dolor de su ausencia” creo que le he dicho… y es que tu recuerdo se queda, se fija y atormenta.

Jamás pensé que nuestros momentos tuvieran un precio tan alto, tampoco me digné a cotizarlos en el momento, pero el dolor que ocasiona tu recuerdo es inmensurable –y la palabra le queda pequeña-. Creo olerte a cada rato –tú que hueles a felicidad-, escucharte cada tanto y verte en cada rincón. Intento no recordar los besos en aquella cama porque todavía debo dormir en ella en mi intento por no perder la cuenta de tus pecas. Pero no hay manera que tu aroma la abandone.

La luna sonríe al verte y con ella sonrío yo. Has vuelto –o eso dices- y esta vez para quedarte. No llevas en tu mano aquella lista de nombres eternos y veo en tu mirada las ganas de desnudarme a risas. Veo en tu sonrisa más dientes que lágrimas y unas manos firmes con palmas textura a caricias. –Ha vuelto para quedarse- repito y sin ganas de ser olvidado. Traes flores cada tanto y ellas me recuerdan a nuestro amor: hermoso, efímero y renovable.

Sigo divagando, quizá perdida en nuestro amor. Dibujo corazones en cada espacio en blanco como queriendo llenarlos del mismo, dejando marcas de labios rojos en más que lienzos blancos –y es que aquí ya no hace falta el azul- los cigarros nos sobran porque ya no hay historias tristes que contar y las botellas de vino siempre terminan vacías. Escucho esa canción que habla de faldas largas y bailes a lo loco porque dices que te hace pensar en mí. Y  esta vez cuando me pregunten qué es el arte, diría sin pensarlo que es mirar una foto de cada momento contigo, porque el arte que tú eres –todavía- no he podido ponerlo en palabras.

-las estrellas y el olvido-

Creo que el olvido es una de mis más grandes incongruencias. Puedo mirar las estrellas y encontrar en cada una de ellas el olvido del que hablaba el principito al no recordar sus números y mucho menos sus nombres. También puedo apoyar mi carta favorita al decir que (dur)ante el amor el olvido es lo más grave “porque entre otras cosas no existe” y es que claro, es fatal… pero cuando acaba (como todo) es necesario y entonces estás ahí, cada noche, mirando las estrellas con un nombre entre tus labios. Rogándole al universo que te conceda el olvido. Y justo en ese momento, el olvido no parece ser tan fatal ni inexistente.

Sé que no hay cigarros que cuenten más historias que aquellas cuatro paredes pintadas de blanco que solían ser nuestras confidentes. Sin embargo la caja sigue ahí y seguimos mintiendo aunque sabemos que mi color preferido es el lila. Y mientras el amor se vuelve lujuria –y viceversa- la misma se enferma de odio y en cada respiro entrecortado mientras jadeas puedo escuchar tu plegaria muda donde la única petición es que pare el dolor. Siento en cada parte viva de mi cuerpo tu voz llamándome, mientras sé que mi nombre se desvanece en tu mente y otros labios, mientras tanto mis huellas en tu corazón están ardiendo, como duele cuando arde si el fuego no es precisamente amor.

Ya casi no recuerdo y supongo que agradezco, pues he olvidado conversaciones enteras, discursos completos. Las voces que me atormentaban se han ido y de a poco la culpa es menor. Tus ojos se han vuelto un par más cualquiera, mientras los míos cada día son el paraíso oculto de alguien más. Yo.

Jamás pensé que llegaría tan lejos soltando, aunque ciertamente era ilógico pensar que con tanto equipaje se pudiera llegar lejos –o algún lado- andando sola. Debo confesar que no sé muy bien a donde voy, pero eso no significa que no disfrute el camino y ante cada obstáculo hoy sonrío…

Creo que me han vuelto a gustar las rosas aunque ya nunca serán de él. Y siento que siempre amaré las estrellas aunque mirarlas signifique pensarnos y pensarnos signifique olvidarte. Y es que aquella constelación, cuyo nombre por supuesto no recuerdo, siempre traerá soplos de olvido con olor a nosotros –y vaya usted a saber cómo huele eso-. Cuando descubres que algo es inevitable ante la resignación debes decidir si perder el orgullo o el miedo. Aunque creo que perder ambas nos vendría bien.

¿Recuerdas cuando te decía que ojalá pudieras verte como te veía? Cabe acotar que para el momento te amaba.

Bueno he logrado hacerlo, he logrado verme como quien nos ama: con más virtudes que imperfecciones. Tenías razón, las sonrisas sinceras son capaces de iluminar una ciudad entera y aquellos ojos –casi negros- e indescifrables se han sumergido en un mar muy profundo, con el solo propósito de encontrarse. A veces creo que han parado de buscarse porque cada día logro descifrarlos un tanto más.

Y supongo que fue lindo elegir el ruido de tu mundo cuando no quise escuchar mi silencio, pero no hay droga más atrayente que la elección de la felicidad, mientras aquellas estrellas que un día compartimos nos susurran con un soplo de aquel don llamado olvido, durante el largo camino necesario de la soledad, cuando decidimos apagar las luces del mundo y escuchar –incluso nuestros silencios- para aprendernos a amar.

“(…) I believe in being strong when everything seems to be going wrong. I believe that happy girls are the prettiest girls. I believe that tomorrow is another day and I believe in miracles.”
― Audrey Hepburn