-sábanas, risas y verano-

Aún recuerdo tu sabor a playa, las largas noches sin dormir, el único verano que supo a historia de amor. Las incontables pecas sobre tu espalda, los amaneceres que nunca nos cansamos de ver entre sábanas y sonrisas, y aquella risa que lleva años encendida en mi recuerdo.

Una semana, tres días, un año… qué importa el tiempo si contigo estoy.

Debo confesar que jamás pensé que habría tiempo para querernos de esta forma: sin reglas, sin límites, pero sobre todo sin lágrimas de por medio, sin besos con sabor a culpa.

Domingo de playa, ojos brillantes, sonrisa pícara, toneladas de alcohol y música que distraía. Si te soy sincera nunca pensé que serías importante. Amaneceres que lo fueron todo y el calor de tu cuerpo calentando el mío, como pidiendo permiso para entregar caricias. Soledades en conjunto, miedos que parecían perecederos. Una sonrisa eterna como diciendo quizá; de fondo “Pero Esta Tarde No Te Vas” y más que la certeza de saber que eres fugaz.

Vas y vienes, estás y  ya no estoy, me has visto en otros brazos, te he visto en otros ojos. Le hemos dado la espalda al destino. Tú, con ella, yo, con él. Tequila, cuarto trago, perdí la cuenta y estuviste aquí, en mi mente por ejemplo, en sus manos sobre mi cuerpo, en sus labios color rosa. En él tan parecido a ti.

Más de una vez llegué a preguntarme si había algo en ella que te hiciera recordarme. Quizá sería al revés, quizá en mí la buscaste a ella, quizá siempre ha sido así. Pero hoy te veo sin tanta playa y con menos pecas. Ya sin pedir permiso, aquí sin culpa, tú sin ella, yo sin él. Con los mismos amaneceres que nunca nos cansamos de ver, con diferentes sábanas pero las mismas risas. Y sé que es aquí, justo donde quiero estar. A tu lado donde no pasa el tiempo, donde las puestas de sol no hacen falta, donde el segundero casi no sirve y tus latidos son mi mejor reloj.

Y la distancia no significará nada y los amaneceres seguirán siendo. Y ya no quiero darle la espalda al destino y no busco más reloj que tus latidos, cuando después de haber perdido la cuenta entre tus pecas, tus besos son el mejor remedio, para acabar con el tormento del destiempo y el amor, cuando te buscaba en otros labios y solo conseguía escuchar un “no eres tú,  yo” y es que siempre fue él, simplemente porque nunca fuiste tú.

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