-rieles de amor-

Era domingo y llovía

llovía la ciudad entera, y dentro de mí llovías vos y tus recuerdos.

No pude quedarme en casa, temía volver a confundir la alusión de tu sonrisa con el hermoso arrebol de aquel taciturno atardecer, y corrí…

corrí en sentido contrario como sólo yo sé hacerlo, corrí y me olvidé que el sendero me llevaría a la estación donde decidí sentarme inerte, casi muerta,  tantas veces a verte partir.

Y de cierta forma te vi,

volví a sentarme, sabés,

en la misma banca donde vi todos mis sueños desfallecer, donde dije adiós tantas veces y te amo otras tantas, donde renuncié a las cosas más excitantes de mi vida, donde contemplaba el suicidio mientras -esta vez si es la última- no sonaba tan última, y nos convertíamos en un reloj que cada doce daba la misma hora,

y pasaban las horas, y la circunferencia, perfecta, errada, siempre… era la misma.

Y me perdí, supongo, me perdí en tu individualismo y mi falta de amor propio, me perdí en carencias, en un estado de desvarío que si lo pienso hoy, ni yo misma lo entiendo.

¿Cómo podemos renunciar a lo que nos da vida por sólo un momento?

¿Cómo caemos en la convicción de no volver a amar?

¿Cómo contemplamos los rieles pensando en el suicidio?

Sigo en la misma banca sonriendo irónicamente, pensando en lo desatinado del pensamiento, al creer que somos incapaces de volver a amar.

Sonrío mientras te veo, de nuevo, bajar del tren, mientras contemplo mi libreta llena de corazones, porque efectivamente no sos vos, pero sí, hoy sí, soy capaz de llenarme de hábitos que me dan vida, soy capaz de volver a cantar, de volver a reír, de volver a soñar, de adivinar momentos, de besar, de gemir, de volver a amar, sin volver a vos, pero volviendo a mí.

De sonreírte, mientras reafirmo lo equivocada que estaba, mientras entiendo que el amor pasa, y sí, duele, pero siempre, volvés

Y volvés a amar.

-¿morir o sobrevivir?-

dije adiós tantas veces que ya perdí la cuenta. Perdí la cuenta incluso de las veces que lloraba como si el mundo pendiera de aquella voz, tu voz. De vos. Como si el mundo se acabase, si no estabas, como maldiciendo mi propio nombre, queriendo incluso; que el mundo dejara de recordarme. Que mis latidos cesaran si ya no estabas vos.

Caí tantas veces, sin levantarme. Caí y pasó el tiempo amor. Pasó el tiempo y pasaste vos; aunque te confieso, me quede ahí; un ratito, observándote mientras danzabas frente a los árboles a los que nos encadenábamos cuando juntos decidimos envenenarnos, cuál Romeo y Julieta; no me importó morir, mientras fuera con vos y solo por vos.

Y fui árbol, fui raíz, fui ceniza y al mismo tiempo. Tiempo; renací.
¿Fuimos monstruos? Me pregunto cuando me atormenta la manera como en aquel entonces decidimos sobrevivir.

Y mientras nos veíamos morir nos fuimos quitando humanidad y mientras nos oíamos gemir nos llenábamos de frialdad. Que aunque nos mantuvo vivos, nos quitó, de momento: las ganas de soñar.

Y fui Sol, y fui luna, mientras cedía sin saberme amar. Y fui luz y fui oscura, mientras sonreía cuando me dolía recordar.

Y te seguí amando, o eso creía. Aunque no me supe amar.

Y entonces fui cicatriz y soy herida cuando me recordás sin perdonar.

Y soy perdón y soy soltura, cuando me cierro a una sonrisa porque sé que alimentar la carencia no es dejarme amar.

Y soy vendaval y soy calma cuando sonrío de nuevo, sin mentiras, sin fantasmas, sin dejarte pasar.

he dicho adiós tantas veces que he perdido la cuenta, porque las caídas ya no importan cuando me siento en el suelo a ver la lluvia; a verte pasar, cuando después de contemplarte un rato, me vuelvo a levantar.

-vaivén-

Es domingo y la melancolía, toca mi puerta. La toca como yo toco estas teclas mientras pienso en escribirte, la toca; como hace pocas noches me tocabas jurando nunca olvidarme, y una vez más, te recuerdo;

Te recuerdo como esas cosas que uno atesora con el corazón, como aquel recuerdo de un pasado feliz que hoy duele como espiga en el alma. Te recuerdo con nostalgia y tal vez, con un poco de amor. Te recuerdo como sea pero te recuerdo.

Quise salir y correr, una vez más, correr bajo una lluvia que mojara mi cuerpo ardiendo por tu encuentro, bajo una lluvia que se llevara los recuerdos de esos tiempos.

Quise correr y me quedé aquí una vez más con vos.

Con vos que sos vaivén y oxímoron, que sos domingo de lluvia, con vos, que cualquier frase suena a poesía si la recita tu voz.

¿Cuántas veces nos permitirá el amor quedarnos en el mismo lugar? Y ¿cuántas veces más nos negaremos a un amor por miedo al vaivén?

Me quedé otra vez, pensándote, mientras decía no.

No a los recuerdos de un domingo lluvioso, a mis sábanas blancas gritando tu nombre, mientras destilaban tu olor, a las noches de insomnio cuando no llegabas, al vaivén aun cuando la melodía de este tuviera tu voz.

Me quedé otra vez conmigo, y con tus recuerdos, pero sin vos.

-postergando la rutina-

Te recuerdo, a veces con nostalgia, a veces con sosiego. En ocasiones el recuerdo es tan lejano que parezco desvariar. Para ser sincera comienzo a dudar; temo no saber diferenciar entre los recuerdos de algo vivido y mis sueños. Pero te sueño y al rato ahí estás vos, saltando de nuevo a mi vida, apareciendo en llamadas, mensajes y nubes que hablan de vos.

En silencio, eres ese recuerdo que nuestra memoria conserva de aquellos tiempos lejanos, cuando éramos niños, ese recuerdo que no me atrevo a preguntar si es cierto, que con los años pierde lucidez y comienzo a creer que solo fue un sueño, pero en ocasiones, alguien más nombra el recuerdo, y sé que lo viví.

De nuevo es enero, y nos hicimos mil promesas más para olvidarnos. Te sueño en silencio, y en el mismo silencio mi celular vislumbra un número que parece ser el tuyo. En ocasiones, quisiera soñar con dinero y no con amores –no sé si así pueda llamarles- que alguna vez creí que tuve y luego perdí.

–          ¿Cómo se llama esa película que te gustaba mucho, pero no te gustaba tanto porque no dejaba de traerte preguntas sin respuestas?

–          Ya ni siquiera hay aló, respondo. Mientras escucho mientras ríes que ese no es el nombre de la película porque tenía algo que ver con los sueños.

La conversación parece un chiste de mal gusto, justo después de un sueño atormentador para estos tiempos, llamarme preguntando por mi libro favorito, donde su nombre sí, tiene que ver con los sueños. What Dreams May Come, otra de las lindas cosas que se llevó el año, su escritor.

Dijiste gracias pero ambos nos quedamos en silencio al final de la línea, como esperando que alguno de los dos trancara, la verdad pensé serías vos, ya que en ocasiones, todavía me pasa por la mente, alguna de esas llamadas solo para escuchar tu voz.  Y nos quedamos ahí, inamovibles, casi inertes ante la presencia abrumadora de otro adiós, el último como siempre, y de nuevo, fuimos árboles.

Mientras una lágrima recorría mi cara, con mi tono de voz algo entre cortado te dije; recuerdas cuando creíamos éramos árboles y jugábamos a quedarnos años enteros en el mismo lugar.

–          Jugamos tantas cosas, respondiste, con un tono pícaro, pero a la vez algo triste. Característico de vos y tu voz.

–          Queríamos ser aves y emprender nuestro vuelo, lejos el uno del otro… dije mientras me quedaba pensando que como siempre, la costumbre y el miedo tomaron nuestras decisiones y nos quedamos.

–          Tan aferrados a la costumbre y tan asustados de la novedad. Me sorprendí con tus palabras, porque ya sabía yo que era predecible, pero jamás pensé que hasta ese punto.

–          ¿verdaderamente lo intentamos?

Te pregunté mientras te confesaba que es una pregunta que de vez en cuando me acompaña entre sueños, aquellos días donde los domingos son eternos, y tu recuerdo más que atosigarme me hostiga y de alguna forma no puedo detenerlo. Porque no quiero.

–          Ya no importa. Carece de importancia porque aunque le demos muchas vueltas, nunca serán las necesarias y no lograrás responderte, y mis palabras como siempre, nunca bastaran.

Es verdad, no te lo dije en el momento, porque estaba demasiado ocupada en el discurso que debías dar y no diste. La razón por la cual tus palabras nunca bastaban. Idealización, repetía esa palabra en mi cabeza y parecía burlarme de mí. Otra vez con los chistes de mal gusto.

Ya sabés lo mucho que me gusta ver la luna mientras hablo por teléfono y consumo los cigarros que son en infinitas ocasiones, la fuente principal de inspiración de todo lo que escribo – cuantos no se consumieron estos meses en busca de inspiración y solo hacía falta una llamada-

La luna estaba llena, muy llena y vos, sonreías al otro lado del teléfono, asegurándome que tu única certeza era que a mi manera, entre risas, a mí loca manera, te amé. Guarde silencio, mientras pensaba en lo que acababas de decir, no sabía si eso era un consuelo o reafirmaba la peor de mis pensadillas, me quede pensando en silencio. Ese silencio turbio que ensordecía nuestra conversación al principio mientras los dos decidíamos que otra cosa decir para seguir escuchando nuestra voz.

–          Crecimos, dijiste interrumpiendo mi silencio (nuevamente)

–          Volamos, querrás decir.

–          ¿cómo?

–          Volamos, después de tanto, nos atrevimos a hacerlo.

–          Sigo volando a tu lado, dijiste tan bajito que casi ni podía escucharte.

–          So do I

–          Sigo volando a tu lado, cuando despierto en medio de la noche queriendo ser árbol de nuevo. Era complicado, pero a la vez más sencillo. Dijiste con ironía y creo entendí.

–          Sigo volando hacía vos, cuando de vez en cuando, de nuevo te proclamás Dios.

–          Lo siento

–          No hago más que reír, ¡nos hemos vuelto tan predecibles!

Nuevamente me quedo en silencio, y se siente como abandonar tu pecho y darle vuelta a tu recuerdo. Recuerdos, nostalgia, tus besos.

–          Adiós

–          ¿recuerdas como cada luna llena jugábamos a ser arboles; a no movernos?

Suspiro…

Sonríes…

Me quedo.

 

-jugábamos-

Jugábamos; vos, la luna y yo.

Jugábamos a escondernos como sombras, en el callejón sin luces del anochecer más profundo, donde nuestros cuerpos se confundían con la noche, donde mi piel se fundía con la tuya. Donde mi amor y el tuyo, que era nuestro; chocaba, entraba e irrumpía en nuestra vida.

Jugábamos a enredarnos entre sábanas, a ver pasar los días por la ventana. A escuchar cantar el arrebol de la tarde, a rogarle a la luna que se quedara, a creer de nuevo en fantasías.

Jugábamos mientras yo aprendía de tatuajes, contemplando tu espalda cuando leías, mientras aprendías tú de mí, enumerando cicatrices escondidas. Y el sol nos sorprendió por la ventana llegando el nuevo día.

Jugábamos, a pretender que existía el tiempo, a parar el mundo con vos, a proteger ese amor que fue nuestro –que era nuestro-, a escondidas.

Jugaste vos creyendo que el juego era eterno, mientras la luna entonces, se tornaba menos luna y más vacía.

Y como juegan los niños, seguí jugando y como aclaman los niños dijiste –mía- y fui tuya, de momentos, fui tan tuya como fui mía.

Y de momento también seguí jugando, aunque esta noche entre sábanas, jugués con otra a llamarle mía.

-en qué galaxia me olvidaré yo de vos-

Era un día de esos que tanto me gustan, donde el sol se oculta mientras los amantes se esconden para hacer el amor, donde las nubes parecen taparle, como las cortinas a nosotros, y en aquella habitación parecía no haber reloj, parecía detenerse el tiempo, simplemente porque estaba con vos.

La noche era fría y tus brazos el lugar más cálido del mundo, febrero no es invierno y qué tanto importa octubre si estoy con vos.

Encendía el último cigarro de aquel junio perfecto, de esas cajas que ya no se encuentran, que tanto nos costó conseguir, con mi mano libre recogía mi ropa mientras divagaba en mis pensamientos y de un instante a otro, escucho el murmuro de tu voz armónica interrumpirles.

– ¿vas a recordarme?
Preguntaste con una voz tajante, como si tu vida dependiera de ello, como sumiéndote de lleno en un no, que no era posible, no conmigo. No tratándose de vos.

El silencio, inundó nuestra habitación y vos sentiste que de no haber respuesta algo se rompería, pero te quedaste ahí; petrificado esperando más silencio, porque un no habría dolido demasiado, porque de todos, vos bien sabés que silencio también es respuesta. En ese momento solo había humo entre nosotros y buscando las palabras adecuadas decidí romper el silencio y responder.

Un poco ronca del humo y algo temblorosa del miedo, aclaré mi garganta y respondí. Contundente como vos, como nuestro silencio. Difusa como el humo que bloqueaba nuestra vista, pero dejaba al desnudo nuestras almas. Al descubierto, como siempre, una noche más.

– vos siempre serás importante para mí. tus recuerdos se calan en mi piel cual tatuaje; como la poesía tuya que ha decidido calarse en mi alma, en mi vida. Tu manera de moverte entre la gente y esas veces que bailás cuando crees que nadie te ve, de cualquiera me esperaba esta pregunta pero ¿de vos? Vos que siempre serás vos, que sos también una parte muy importante de mí. ¿en qué galaxia alguien se olvidaría de ti?

– Claro que voy a recordarte

Dije entonces, porque no sabía si había sido lo suficientemente clara, porque no quería que quedara la más mínima duda en mis palabras, porque no podía permitir que la incertidumbre se adentrara en tus pensamientos, no cuando se trataba de nosotros dos.

– ¿ni en otros labios, otra cama, otra piel, otros brazos, a otras horas?
– No de vos.

Sonreíste, y justo en ese instante, en aquella habitación; que era nuestra. Surgía una razón más, para no olvidarme.

La lluvia caía y con ella caía yo. La luna y el humo, hacían de aquella habitación una dimensión extraña y mi mente se iba lejos, tratando de huir de la palabra amor, tratando de huir de vos. Sonaba de fondo una que otra canción que ahora odiás y mi mente como siempre se iba de una vez, hasta que tus besos me traían de vuelta, hasta que murmurabas las palabras mágicas: hagamos el amor otra vez.

Nunca supe si significa quédate o no te vayas, mi alma desnuda te miraba con confusión mientas ahí estaba yo. Con la mirada perdida pensando cualquier cosa, mientras no fuera amor.

– No todas mis palabras tienen trasfondo

Dijiste atravesando mis pensamientos, supongo descifrando mi mirada. Te miré entonces, hablándote en silencio y me quedé. Me quedé recordándote hasta hoy. Donde cada cigarro habla de vos. Hoy que ya no preguntás si te recuerdo porque sabés que la respuesta es sí. Porque mi mundo es sí, siempre que estás vos.

-volver a vos-

Volver

Volver a vos, a los lugares que nos hicieron felices, a esas cosas que no podemos tener, al –todo suena mejor en tu voz- a confundirme con tus palabras, a enredarme en tu poesía. Volver a vos, a ese cuarto cálido, a esa sonrisa que me desnuda, a tus manos que saben exactamente qué puntos tocar, a tu boca que no se calla si no es con besos, a tus labios que aun después de tanto muero por besar.

Volver a vos, momentáneamente, cuando la nostalgia te proclama rey, cuando la oxitocina es solo un recuerdo borroso, cuando la madrugada se hace eterna y es tu voz entonces, lo único que quiero escuchar. Volver a las tardes de cama eterna, a las palabras desbordándose, a cartas sin receptor.

Y me pregunto entonces, si todavía esperas por mí, si como yo, en ocasiones quieres volver a mí, a nosotros o si cerraste la puerta aquel marzo frio cuando partí sin escucharte, cuando las despedidas fueron claras, cuando pedías empapado en llanto que me quedara, cuando ya era demasiado tarde para un nosotros. Nosotros que por cobardía dejamos pasar lo que –valga la redundancia- nos pasaba.

Ciertas madrugadas, marzo como febrero, tiene pocos días y no se hacen eternos, de hecho pareciera nunca haber ocurrido, y entonces, nuevamente. Vuelvo, a vos, a mí, a nosotros, a ese lugar que por un tiempo me hizo feliz.

-a nuestro amor-

-eclipse de luna- 

Era de tarde y tu cabello tocado por las olas, danzaba con la brisa, destilando aquel olor a sal, el olor a mar me trae los recuerdos más dulces. 

Algún día voy a confesarte todo lo que callo, todo lo que que siento. Digo mientras te observo desde lejos. 

Llegó la noche y el reflejo de la luna se observaba en aquel lugar donde solo vos era el protagonista. 

– eres un sol
Dije mientras reías 

Mientras me preguntaba cómo hacías para quitarle el brillo y protagonismo a mi cuerpo favorito, mientras jugabas a no saber de qué te hablaba, a ignorar por completo el caos que estabas a punto de traer a mi vida. 

Y entonces la luna fue testigo de tu sonrisa, color perla, que esa noche alumbraba los lugares más oscuros de mi alma, y yo aquel cigarro que se posaba entre tus labios, solo rozándoles, que se consumía lentamente al mismo tiempo que me consumía yo en mi intento de no besarte. 

Y justo en ese instante, fuiste eclipse y yo, simplemente dejé de ver. 

Eclipse que nublaba mi mirada, que ponía mi mente en blanco, sonrisas que bordaban palabras, se me agotó el diccionario y de repente fui todo eso que quisiste, todo eso que jamás supe cómo escribir, fui una carta linda, de las que poca veces escribo, porque encuentro palabras para describirte o describir, todo lo que tú sonrisa y tu mirada me hacían sentir. 

Y fue entonces, nuestro amor fenómeno natural, fuiste brisa fuerte que barrió todo a su paso, fuiste huracán dejando marcas, tatuando palabras, haciendo estragos. Fuiste tanta cosa fuerte, que aunque ya no estés, a veces, en las madrugadas sigues siendo. 

-nunca pasas vos-

Pasa todo, y supongo también pasamos nosotros. Pasa este vacío que incongruentemente, como todo entre nosotros, llena mi pecho. Pasa el tiempo y no sé por qué, pero no pasas vos –aunque quiera que pases-

– ¿recuerdas cuanto escribías?
Interrumpiste mis pensamientos con aquella pregunta, como intentando traerme de vuelta, como interrumpiendo mi ruido, ese del cual no quiero ser sacada, el que sabes que por más irónico que sea, me perturba cualquier otro ruido que me saque del propio, de mi mundo… ruido que interrumpe el escaso silencio, que de a momentos hay en mi mente.

– Lo recuerdo todos los días, dije.
Con mi voz casi tajante, sin ganas de darle más vueltas al asunto, sin querer pensar más en vos –ni tu voz-

– ¿Qué pasó entonces? ¿se te acabó el amor?
Volviste a hablar con esa imprudencia, tan tuya, esa que caracteriza tu inocencia.

– Se me agotó el diccionario, respondí, esta vez mirándote a los ojos, sabiendo que en aquellos cristales se encontraba la fuente de mis palabras.
Y tus ojos en ese momento… cómo describirles haciéndole justicia con palabras que jamás haya dicho –o te hayan dicho-. Al final del día mis palabras se encontraban en tu mirada, y tus ojos, eran el portal que sabía llevarme al único lugar que me daba paz, que sabían cómo quitarme de la mente, todo lo que estaba de más. Y me pregunto entonces si mis ojos se delatan al mirarte, si sabías entonces, todo lo que yo estaba pensando, si mis pupilas se dilataban al pensar en todas las palabras que no tenía para vos.

Sonreíste y me di cuenta, que ya sabías la respuesta a esa pregunta, y quizá hasta sabias lo que estaba pensando. Sonreí, como apenada, preguntándome si fantaseabas como yo también lo hacía.
– Tu pupila se confunde con tu iris.
Dijiste entonces, dejándome en total evidencia, pero vos, vos ya sabías que me gustaba lo que veía.
– ¿Qué se siente haber olvidado lo que por tanto tiempo te mantuvo despierta y muerta?

– ¿Quién dice que le he olvidado? Olvidar involucra muchas cosas.
Me miraste como si la respuesta no te gustara demasiado y por un segundo, dejaste de preguntar. Tú más que yo, sabes que el silencio, también es respuesta.
– Lo más parecido a olvidar ha sido encontrarte
Dije casi susurrando y por primera vez, sentía que podía decir todo lo que por tanto tiempo, estuve callando, más que callar simplemente evitaba decir esas palabras.

– ¿encontrar-me?
Balbuceaste, como disimulando, que por primera vez no te esperabas esa respuesta, que no tenías pregunta ni respuesta para aquellas palabras, que quizá te sorprendí, que nunca pensaste que sí, que fuiste vos quien conmigo le echó arena al fuego.

Y bailamos bajo la luna, como solo lo hacen los locos que creen que hay alguien que le aúlla cuando está llena, y supe entonces que en ese momento, no éramos fantasía. Supe desde entonces que sí, que quizá, pasa todo, pero nunca pasarás vos.

-catarsis- 

¿somos monstruos, bestias o personas demasiado dolidas? ¿somos el dolor punzante que nos hace actuar? o ¿somos la corazonada que nos dice que no? ¿somos quien está detrás de la daga o a quien la daga atraviesa? 

somos los dos y podemos vivir con eso, sigo repitiéndome, mientras busco este perdón dentro de mí que no sé siquiera qué significa. jamás supe si le amé, a él. pero si sé que amé otras cosas que junto a él había creado, construido. cosas que destruí, por decisión propia, cosas que me acompañarían hasta el último de sus besos, cosas que quise callar con mi último aliento. 

pero ¿verdaderamente pueden callarse? ¿verdaderamente podemos jugar a ser Dios, si es que tal cosa existe, y callar algunos latidos? o esos latidos vivirán dentro nuestro más allá de nuestro último aliento. nuestro suena absurdo, lo sé. 

pasa el tiempo, pasamos nosotros pero… 

¿pasa esto?
cuán lejos debemos estar de nosotros mismos 

cuánto más vamos a cargar esta cruz 

¿en algún momento dejamos de cargarla? 
trato de repetirme que no es mi culpa, pero la verdad, no soy capaz de creerlo. 
y soy entonces prisionera de esta cárcel que yo misma me encargué de construir. 
tiempos de luna, mi luna, cuanto tardas en sanarnos. 
entonces, cuándo dejaré de buscar en mí, en él, en otros, cuando ni siquiera sé qué estoy buscando. cuando al parar de buscar solo encuentro este dolor terrible, con apellidos, sin sexo, sin nombre. 
¿cómo se olvida lo que no puede ser nombrado? lo que no tiene nombre. 
¿las cosas existen cuando las nombramos o cuando las sentimos? idealizar entonces, no estar segura ni siquiera de lo que se siente. 
y solo sé, que en días como hoy, no quiero idealizar, no quiero sentir. 
caja de música que calma; por favor, te pido que no suenes más dentro de mi. 

no sueñes más dentro de mi.